Una noche de mayo la parca “traicionera” emboscó a un par de pescadores en un incidente confuso, sin sentido y aparentemente injusto.
A partir de ese infortunado acontecimiento y, en un abrir y cerrar de ojos, la mirada de todo el país se enfocó en una apartada población del distrito de La Chorrera que ahora todos identifican como Playa Leona.
Hace dos semanas, los hermanos Dagoberto y Rigoberto Pérez murieron, presuntamente a manos de miembros de la Policía Nacional, mientras regresaban de pescar, actividad a la se dedicaron desde que tuvieron uso de razón.
La aparente confusión de los policías, quienes se ha dicho, pensaron que se trataba de una embarcación que iba cargada de drogas, en vez de las 900 libras de camarón tití, como se comprobó después, no solo acabó con la vida de los dos jóvenes, sino que aquietó el ímpetu del pueblo.
Una semana después de la tragedia, los cuerpos de ambos, esta vez sin vida, sin sonrisas y sin esperanza, volvieron a Playa Leona escoltados por un cortejo fúnebre.
La gente estaba sentida. El dolor era inmenso y la sensación de impotencia los aniquilaba. A pesar de ello, asistieron masivamente, entre lunes y el martes de esta semana, a las honras fúnebres de Dagoberto y Rigoberto.
Rezaron por sus almas y una caravana de lanchas, de esas que son el instrumento que les da la vida, y también la muerte, se lanzó a la mar con los pescadores a bordo para hacer su recorrido final por las aguas de Playa Leona que, tras este incidente, revelaron que el hecho de que las crestas de sus olas estén tranquilas, no implica necesariamente la ausencia de peligro.