
Hay cosas que me revientan. Una de ellas es que traten de tomarme el tiempo, y que el tiempo que me tomen sea el de pendeja. Entre otras cosas porque Cristo dijo hermanos, pero no primos. Y así, como una pendeja, es como me siento cada vez que paso por sitios como Vía España últimamente.
Todos tenemos derecho a ganarnos la vida de forma honrada…ajá. Sí, cómo no. Y entonces, con esa excusa, los pobrecitos se acomodan en una esquinita con su carretilla. Y empiezan a vender perros calientes, o arepas, o tacos. Con su respectiva chicha. Vale. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, la carretilla ya no es tal, es un vehículo adaptado al menester, de donde salen, por arte de birlibirloque, sillas y mesas, servilleteros y botes de aderezos varios. Y la cosa, antes de que te quieras dar cuenta, es un restaurantito móvil con manteles de cuadros y todo. Un restaurante que está robando luz de las farolas a las que se han arrimado, o de los anuncios luminosos donde se han anclado, o de la iluminación de la marquesina que los protege de las inclemencias de los elementos.
Ahora es cuando aparecen los demagogos de siempre vociferando que todos tenemos derecho a llevar a casa el pan de nuestros hijos. Y yo les digo que sí, que vale. Pero que me expliquen a ver porqué algunos tienen que llevarles ese pan pagando además los impuestos correspondientes. Porqué algunos tienen que pagar el agua, la luz, el aseo y los impuestos municipales. Porqué algunos pagan seguro social y seguro educativo, y tratan de llegar a fin de mes siendo solidarios con el Estado, que somos casi todos. Y digo casi todos porque ahí están estos otros, que ingresan y no contribuyen. Que roban la luz que pagamos todos los demás y agua que pagamos todos los demás y que cuando se enferman van al Seguro Social, que, mejor o peor, da servicio porque todos los demás lo pagamos.
Eso es la solidaridad, dicen, compartir con el que no tiene. Pues permítanme que les diga que eso, para mí, no es solidaridad, eso es dejar que los que tienen la cara muy dura se aprovechen del resto. Y además, quisiera yo saber, ¿qué garantías de sanidad tienen esos puestos de comida? ¿Los inspectores llegan? ¿Les dan el visto bueno? ¿Y aun así no les hacen pagar impuestos ni permiso de ocupación? ¿Y la policía? ¿Cómo logran que no los desalojen? No quiero ser mal pensada, pero siempre me han dicho que piense mal y acertaré…. Y en éste país si piensas peor aciertas más veces…
Al final el hecho es que ahí están y yo quiero saber quién es el guapo que se enfrenta a ellos y los saca de donde sea que estas garrapatas se hayan instalado. Y luego quiero ver a los mismos de siempre ladrar improperios contra los ogros desalmados que no son solidarios con los más desfavorecidos. Como si un tipo que tiene un restaurante ilegal fuera desfavorecido. Lo que suelen ser son caraduras que se aprovechan de la buena fe ajena con total desfachatez y con la impunidad que les ofrecen los pusilánimes que no se atreven a echarse enfrente a aquellos que gritan sin tener la razón de su parte, porque apoyar a los que menos tienen no tiene nada que ver con dejar que se aprovechen.
Hasta que sean ellos los que se vean afectados. Ahí quisiera no oírlos, tal y como ellos no escuchan a los dueños de restaurantes formales que tienen que aguantar esta competencia desleal.