Ramón aparece con los ojos asustados cuando el telón de la vida se abre. Toma aire y se prepara a caminar con una larga sonrisa. Enseña sus grandes dientes blancos. Él no piensa, solo se ríe. Juega con un papel y lo coloca en su boca. De lejos parece masticar algo sabroso. Tiene unas zapatillas grandes y negras. Parece bailar, pero no baila. Solo juega y grita.
Ramón empieza a correr y parece estimular con la mano un balón que lanza. Escucho su voz pronunciar un alegre “to tush”cuando la esfera de caucho pasa por el centro de los hilos torcidos. Yo lo miro desde lejos. Busco la pelota que lanzó y solo lo veo a él.
Ramón me mira con su larga sonrisa y me asusta cuando grita mi nombre. Se echa a reír y deja caer de su boca el bolillo de papel. Saca otro de su bolsillo y lo vuelve a poner entre los dientes. Qué sabor tendrá.
Ramón es fanático de un equipo, pero a veces se sienta en la banca de los jugadores. Mueve su boca y las manos. Se ríe y se levanta. También camina y aplaude. Hasta regaña al árbitro y provoca una falta técnica. Se lo llevan a las gradas. Me mira y se pone triste. Luego se levanta y desaparece.
Ramón aparece descalzo y vestido de blanco cuando regresa al parque de la ciudad. Mantiene los ojos en el aire frente a un edificio. Espera a alguien que nunca baja. Luego se levanta y cruza las calles para llegar al gimnasio del colegio que está cerrado. Trepa la cerca como los jovencitos del nueve. Cree escuchar gritos y abre los ojos. Se echa a reír entrecortado. Camina hasta el patio y no encuentra a nadie.
Ramón ve un balón, lo recoge y lo tira. La bola no salta. Vuelve a recogerla para echarla entre las hierbas. Se detiene y regresa, pero se cansa de buscarla. La pelota desaparece con los amigos, con la alegría de los triunfos y la tristeza de las derrotas del equipo. Solo encuentra sus zapatillas grandes y rotas. Luego cierra la boca y baja la mirada.
La noche es fría. Mi mamá maneja. El carro pasa por un lugar de descanso. Miro para atrás porque creo haber visto a alguien conocido. Me pareció ver a Ramón. Estaba parado con los brazos extendidos como un árbol sin hojas. En su cabeza le brillaba un pasado espumoso y era todo transparente. Siento un cocotazo en la cabeza. Mi mamá me grita que no sea tarado. Me dice que saque lo que tengo en la boca. La miro. Empiezo a masticar el bolillo de papel para descubrir su sabor. Algo extraño me ocurre. Empiezo a gritar y a reírme porque me siento como Ramón.