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Taca, Taca, Taca, Taca...


No era la primera pelea que hacías ni sería la última, pero aquella fue memorable. Mientras esperabas que el médico apareciera en el camerino para coserte la ceja, aún estabas mentalmente en el gimnasio, escuchabas los gritos, sentías la emoción de los fanáticos, el calor del sitio y las vibraciones de las sillas que a cada salto de júbilo hacían que retumbara todo. El estrépito de la fanaticada se te metió en el cuerpo y como siempre, se te va a quitar mucho después del evento.

Sentado en aquel camerino aún estás algo aturdido, la pelea fue realmente cruenta, diste y te dieron muy duro, nadie cedió un paso, los golpes al cuerpo y la cabeza se sucedían uno tras otro, sentías los riñones molidos, pero seguías. Te dolía todo, tanto, que el propio dolor menguaba la angustia. Tu entrenador salió por hielo, quedaste solo, como solo te fajaste en aquel cuadrilátero. Ganaste de a vaina, bien sabías que hasta tu equina te tenía poca fe, que el tipo estaba mejor preparado, que están jugando contigo y si fallas se acabó este asunto. Pero qué hacer, te juegas el cuero o no consigues otra pelea. Mientras piensas que esta vez te salvaste, observas distraído que unas hormigas exploran la camilla. Una tras otra se han ido subiendo por tu pantaloncillo, supones que el sudor y la sangre las convocan, pero estás entumecido y ni te inmutas, para qué…  Ahora, lo que falta es hielo y unos buenos antiinflamatorios.

Las hormigas ya van por tu brazo y piensas que quieren llegar a la ceja. A ver quién llega primero, el hielo o las hormigas… La espera te incomoda, las hormigas cosquillean en tu ceja, quieres bañarte e ir a comer, el hambre te está matando, pero no llega ni tu entrenador ni el médico.

 

Sales al pasillo como puedes, un periodista se te arrima con una grabadora más vieja que las cicatrices de tu cara, que cómo te fue pregunta (Psss, como me va a ir, gané y sigo tan jodido como siempre). Sientes que se te duerme un poco la lengua, la verdad recibiste muchos golpes en la cabeza, tratas de abandonar el gimnasio, una pierna que parece de otro - pero es la tuya - no quiere obedecerte, empiezas a arrastrarla, te encuentras con un amigo y le dices que te ayude, te pone contra la pared, piensas en el entrenador, pero es tarde, se te ha dormido la mitad del cuerpo, alcanzas a ver que el otro va a pedir auxilio…

- ¡Qué bien te vez, carajo!, hablé con el médico, dice que el coágulo se disolvió, que estás fuera de peligro, que de aquí te vas nuevecito. Te estoy consiguiendo otra pelea.

Bueno, ya estás en el gimnasio otra vez, el robo y las drogas no son lo tuyo, la bala que te pasó zumbando acabó por convencerte, así que a practicar y a ver qué sale, disimulas bastante bien la lentitud con que hablas, la falta de reacción instantánea. Tendrás que meterle bicicleta al cuadrilátero, porque si no vas pal’ cementerio “brother”…

 

La cuerda salta contigo y contigo golpea en el piso. Y canta, canta su canto de golpes, taca, taca, taca, taca, taca, taca…


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671519
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América