Independientemente de haberse clasificado o no, la afición coreana, muchas veces fría como entusiasta, se desbordaba en alegría y pasión, expectativa y puro amor por sus colores cuando en las calles de la capital de Corea del Sur, Seúl, se agolpaban y formaban lo que popularmente conocemos como la verdadera “ponchera” para seguir a su selección.
El epicentro de todo ese entusiasmo, el área del Ayuntamiento de Seúl, en el sector cercano al hotel de cinco estrellas donde nos hospedamos invitados en una visita de una semana por la nación oriental por la corporación mundial Samsung Electronics.
Dicho sector, similar a lo que es para nosotros los panameños como la Calle 50, fue en un inicio el bastión de la lucha de los coreanos por la vuelta a la democracia participativa, pero con el Mundial, se ha convertido en el punto de encuentro para cada emoción, cada tensión, cada gol que logre la selección de los llamados “Demonios Rojos” de Guss Hiddink; y que una vez más se mostró cuando se siguió con fervor y desde la distancia el encuentro ante a los estadounidenses, en el que frente a pantallas gigantes de televisión, grupos de rock y porristas en una tarima, los orientales querían que sus rivales de occidente saldaran una cuenta pendiente de muchos años en lo extradeportivo, y dentro de él, con aquel incidente del patinaje de pista corta en los Juegos Olímpicos Invernales de Salt Lake City, en febrero pasado en el que la víctima fue uno de los suyos.
Desde muy temprano en la mañana, antes de ir a nuestra obligada gira a la Fábrica Samsung de Suwon, muchos aficionados se agolparon en la plaza municipal, y a nuestro regreso, cuando el marcador estaba hasta el mediotiempo en desventaja para los locales y con un penal fallado, ni siquiera el inesperado y fuerte aguacero pudo detener a la nueva “Marea Roja”, quienes con sus himnos, sus gritos y todos con un orden admirable pero con ambiente de fiesta, nunca dejaron de animarlos.
Hasta el gol del empate realizado por Ahn, los coreanos se desbordaron en una histeria colectiva incomparable con ninguna otra en cualquier país del mundo, incluyendo al nuestro.
Al final, quedó la satisfacción de que al menos el empate lo compensaba todo. Llegaría la diversión que solo duró una hora. Después, y a diferencia de muchos, la limpieza fue lo primero, en el que ricos y pobres, locales y foráneos, chicos y chicas de todas las edades dejaron pulcro una plaza que fue todo un desastre de papel y basura en menos tiempo.
La prensa local e internacional dio elogios a su selección, pero los seguidores de los “Demonios Rojos” descansarían por el momento, para prepararse para un nuevo partido y una nueva fiesta para respaldar la hazaña que enmarca la nueva era de la selección coreana.