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“Te tengo un buen cuento”


Esta columna se titula igual que el cuentario que en septiembre pasado ganó el Premio Diplomado de Creación Literaria 2011 y que, junto a los tres volúmenes finalistas, fueron presentados por la UTP el pasado 31 de enero. Por solicitud de Federico Rodríguez Gutiérrez, ganador del primer lugar, me correspondió “bautizar” el libro ante tan prestigiosa casa de estudios.

El Diplomado de Creación Literaria lleva ya una década desarrollándose; su gestor, hoy coordinador, Enrique Jaramillo Levi, ha dado al país con este evento una pléyade de nuevos escritores, los que constituyen una honrosa generación de relevo para las letras panameñas (a propósito, la décima versión del Diplomado inicia mañana, lunes 27, así que los interesados aún están a tiempo de ingresar).

En las palabras de presentación del libro destaqué que sus personajes se caracterizan por su humanidad. Creo prudente detenerme un instante a explicar esto. En literatura, todos los personajes son literarios per se; sin embargo, unos no solo lo son, también lo parecen, dado que cuentan con poderes especiales, se enmarcan en situaciones fantásticas o en momentos particularmente mágicos, que nos hacen recordar su fibra de ficción. No es así en el libro al que hacemos alusión.

 

En el texto, armado sobre cinco cuentos en un total de sesenta páginas, hay un conjunto de actores con los que, literalmente, nos podríamos encontrar cara a cara cualquier día. Un feligrés que acude a misa y, pese a sus intentos por evitarlo, se le va la concentración, primero, y luego el interés, detrás de la conversación bastante profana de dos mujeres que charlan a sus espaldas, en interesante coincidencia con los rituales de la misa, que parecen complementar los sentidos de lo que ellas comentan.

Hay un aspirante a escritor que nos revela parte de sus estrategias a medida que leemos la historia, pero proporcionándonos a la vez un interesante vistazo sobre la ciudad, nuestra ciudad. Otros relatos tienen que ver con personajes cercanos al ámbito laboral del autor, quien es ingeniero vinculado a obras sanitarias, y hay uno que toca ese gran miedo que experimentamos todos ante la posibilidad de quedarnos varados en un ascensor.

A lo largo del libro las situaciones destilan humor; a veces negro, en otras ocasiones en forma de ironía o de sarcasmo, o bien como leves guiños que mantienen el tono de divertimento, cuando en realidad se tocan situaciones duras, sacadas de una cotidianidad que nos abruma con sus múltiples inequidades, con sus injusticias. También lo logra cuando el autor usa su pluma cual escalpelo para abrir el cuerpo social y mostrarnos aquello que nos desmejora, que nos deteriora, pero sin entrar en homilías, sin salirse él mismo como actor, ni sacar al lector de ese cúmulo de posibilidades a las que decimos rehuir, pero de las que nunca nos alejamos del todo.

 

No dudo que los jurados del certamen, Beatriz Valdés, José Luis Rodríguez Pittí y Alberto Cabredo tuvieron entre manos un buen material, producto de la búsqueda tenaz de los participantes por nuevos y mejores horizontes en este campo difícil y exigente.

El libro de Rodríguez Gutiérrez así lo atestigua, es un buen primer paso del joven escritor. El hecho de haber concedido un fallo de minoría a Lissette Lanuza, cuyo talento ya hemos corroborado en textos anteriores, en vez de demeritar la sentencia refuerza mi idea de que hubo de dónde escoger, sobre todo si vemos que a ambos los escoltan dos brillantes promesas que ya descuellan como realidades: Julio Moreira y Rolando Armuelles. Felicidades, escritores.

Que la palabra te acompañe.


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789886
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América