Los desaciertos arbitrales están soterrando la poca credibilidad de la Concacaf, una entidad sacudida, recientemente, por un cúmulo de escándalos relacionados con intrigas, traiciones y sobornos.
Los elementos de pulcritud y transparencia, que deben guiar a organismos como la Concacaf, quedan en entredicho cuando un árbitro, como el tico Walter Quesada, se precipita a pitar un penal a todas luces inexistente.
Y, entonces, antes hechos descabellados como los que tuvieron lugar en el duelo Panamá-El Salvador, es cuando empiezan a surgir teorías de una posible conspiración: ¿No quiere la Concacaf que Panamá avance porque, desde el punto de vista taquillero, no representa ganancia alguna? La Concacaf no quiere dañarnos, pienso, pero tendrá que hacer correcciones para mejorar su maltrecha imagen.