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Tertulia de café con una jubilada

Mi relación con el café surgió por necesidad y subsistencia. Eran los tiempos en los que andaba más limpio que la peinilla de un calvo y con


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Mi relación con el café surgió por necesidad y subsistencia. Eran los tiempos en los que andaba más limpio que la peinilla de un calvo y con dos reales uno podía darse el gusto de beberse un tinto.

La crisis me hizo convertirme al café, pese a que antes lo estimaba como un bebida para viejos. Con el paso de los años, inventé mi propio estilo para pedirlo y, cuando me enfrento a quien me lo va despachar, generalmente, solicito que sea igual que yo: negrito y dulce.

Mi gusto por esta bebida creció tanto que hubo un tiempo en que consumía hasta cuatro tazas por día. Debido a un régimen especial de alimentación al cual me han sometido, he disminuido su ingesta.

Recientemente fui a comprar unas provisiones en un comercio del cual soy , pese a que mi billetera sale lastimada cada vez que asisto allí. En eso, llegó una señora simpática y conversona. Pidió un emparedado y reclamó que fuera acompañado con su café de jubilada. Sí, ”café de jubilada”.

Como el consuetudinario observador que soy, comencé a poner atención a la doña.

Asumo que me descubrió porque mientras yo esperaba mi pedido, se me acercó y me espetó el siguiente comentario: “Desde que descubrí que aquí les dan café gratis a los jubilados, cada vez que puedo vengo por el mío”.

Yo atiné a decirle que, como está la situación, hay que sacarles provecho a todos los regalos y promociones que uno se encuentre. Es ese momento llegó mi emparedado y me dispuse a cancelarlo. Mientras lo hacía, mi amiga casual me lanza otro dardo: “Un sobrino me dice que su salario de 800 dólares no le sirve de nada”.

Esto se estaba poniendo bueno. Sentía la necesidad de seguir escuchándola, así que miré hacia la cafetera y pedí un tinto, a pesar de que estoy tratando de acabar con esa relación de amor y odio que tengo con el café. Por supuesto, el mío no fue gratis y me costó mucho más de lo que pagaba hace dos o tres años.

La doñita sigue reflexionando en medio de panes y dulces y me recuerda que el café, que antes era lo básico en cualquier desayuno, se ha vuelto un lujo. Ella tiene razón, hasta la bolsita que costaba 10 centavos desapareció. Desafortunadamente, todavía no tengo derecho a mi café de jubilado ni tampoco se me antoja ir a la universidad porque imagino que ya no cuesta dos reales. Así que mi relación con el café terminará por las mismas razones por las que comenzó, por necesidad y por subsistencia.


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898061
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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