(Parte IV)
Richard Burton —no el reincidente marido alcohólico de Elizabeth Taylor, sino el descarado traductor de "Las mil y una noches"—, es capaz de soñar en diecisiete idiomas y de hablar treinta y cinco. Viajador incansable a lugares recónditos, adonde llega tiene la costumbre poco varonil de medirle los órganos genitales a los hombres. Richard Francis Burton, un hombre que se vanagloriaba porque no había uno solo de los diez mandamientos que el no hubiera transgredido, celebrado por los ingleses porque gracias a él conocieron las sesenta y cuatro posiciones del Kama sutra. Para releer "Las mil y una noches", Borges prefiere la obscenidad de Burton a las delicadas historias de Antoine Galland, que "domesticaba a sus árabes, para que no desentonaran en París", o a la traducción "imprecisa" de Edward Lane que —aunque vivió en El Cairo—, "ni el venerado turbante de muselina, ni el comer con los dedos, le hicieron olvidar su pudor británico".
"Textos cautivos" es un libro de muchas noches, las del libro y las nuestras. Las noches del tambor fantasma del condado de Wiltshire en Inglaterra, que se escucha sin ser visto. Las noches de hambre del poeta negro Langston Hughes, que trabajaba por propinas míseras en cabarets frecuentados por franceses míseros. Las de "El Kid", un personaje de James Curtis que mata a un hombre la misma noche que la policía lo detiene y lo acusa de robo, crimen que él prefiere para abreviar su paso por la cárcel. Las que Mark Twain dedicó al problema de la autobiografía: "No es posible que un hombre cuente la verdad sobre él mismo". Las de Edén Phillpotts, que después de su trabajo diurno de oficinista dedicaba las noches al oficio incierto de la escritura: "redactaba, releía, tachaba, amplificaba, reponía, arrojaba al fuego". Noches parecidas a las del irlandés Liam O'flaherty, que escribía un cuento por noche y en la mañana "lo releía con indignación y lo tiraba al canasto".
"Las mil y una noches" es uno de los pocos libros extensos al que Borges regresa: "la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana". Regresa porque no es una novela sino una serie de historias, y para Borges "la novela es imposible sin ripios, sin rellenos, sin basura". En "Textos cautivos" se repite el efecto Scheherezade, un ensayo nos hace anhelar el otro. "Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado", dice el maestro. Con "Textos cautivos" la mutación es recíproca, nos cambia porque ilumina, a él regresaremos siempre para aclarar noches.