Corría el año 2002, mi vida estaba en orden: universidad, entrenamientos, ambiente, mis planes, y mi calendario de competencias internacionales. Ya tenía en noviembre de 2002 una gran competencia en la que representaría a Panamá, los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en El Salvador.
Allí me haría acompañar de mi “coach” del equipo de la universidad, un entrenador con el cual me acoplaba de maravilla, porque como exatleta sabía más que nadie sobre la presión de una competencia representando a tu país. Él conocía mis límites y cuánto era capaz de rendir. Sabíamos que esta competencia sería difícil, sobre todo porque mi programa de entrenamiento estaba en mitad de temporada, y con mucha carga de trabajo. Me sentía preocupada, porque aún en competencia debía seguir el plan de entrenamiento de la universidad, y el resto de las competidoras estaban descansadas y afinadas, y yo no estaba en ritmo.
Con el antiguo esquema de competencias, los 100 metros libres, damas, era el evento inicial del primer día, y el primero en otorgar medallas. La presión de toda una delegación. Y para mí, la prueba pesadilla.
Llegó el día y nadé las preliminares bien. Clasifiqué de segunda para las finales de ese día, y con buenas posibilidades de ganar la prueba final y dar a Panamá la primera medalla de oro de los juegos. Al finalizar las pruebas preliminares nos montamos al bus de vuelta a la villa olímpica, con mi “coach” y Joachim, mi psicólogo deportivo, y mi compañero de equipo de esos juegos, Ismael. Nuevamente me empecé a sentir mareada e insegura. Pensé cuánto odiaba esa distancia.
Tener una actitud depresiva horas antes de una carrera es fatal para un competidor. Había nadado miles de veces esa distancia y no hallaba razón por la cual estar tan aterrada. Mi “coach” lo notó y me dijo que no me preocupara, que yo estaba lista y haría un gran trabajo.
Cuando regresamos del almuerzo, conversé con Joachim y le dije: “No sé qué pasa conmigo hoy, nunca había estado tan aterrada, me siento mal, tengo ganas de vomitar. Lo más triste es que he nadado esa distancia tantas veces, que no entiendo cuál es mi problema”.
Y Joachim me dice: “Eileen, siempre has tenido miedo de esa distancia y ahora lo reconoces”. Efectivamente, él tenía razón. Cada vez que nadaba los 100 metros libres, siempre quería hacerlo mejor, y aunque había ganado la mayoría de las veces, nunca estaba satisfecha con mi desempeño. Empezamos a conversar sobre cómo las personas exitosas superaban los miedos y analizamos varios ejemplos. Entonces me dijo algo que cambió mi vida.
“Eileen, cuando has ido al circo, ¿has visto los elefantes? ¿te has preguntado por qué no se escapan? Ellos son animales gigantescos, ¿no piensas que ellos podrían escaparse sin problemas? Si te pones a ver, ellos están amarrados con una cadena a una estaca que podrían sacar de la tierra con un movimiento”.
Yo le respondí: “No, nunca había pensado en eso Joachim, pero ahora que lo mencionas, no hace sentido”. Joachim me responde: “Pues desde que son pequeños los entrenan y amarran a una estaca. Como son tan pequeños y no tienen mucha fuerza, ellos tratan de escaparse, pero no pueden, hasta que física y mentalmente se dan por vencidos. ¡Eso es lo que tú tienes en tu mente!, una estaca y un temor que no te permiten liberarte y salir corriendo. Ahora que has identificado la causa de ese temor y puedes visualizar la estaca, ¡arráncala y corre libremente!”
Aplico esa técnica cada vez que me ofrecen nuevos proyectos en mi carrera profesional, y mi primera reacción es pensar en las cosas que “no” puedo hacer. O cuando siento inseguridad sobre cualquier evento/proyecto, ya sea personal o profesional. Recuerdo al elefante e inmediatamente hago “click” con mi propia experiencia. Esta sencilla técnica me ha ayudado a superar retos, como mi última olimpiada, el mundial de piscina corta, el de convertirme en madre y esposa, entre otros.