La tarde decembrina, víspera de Navidad, Marta trabajaba ilusionada en la cocina preparando la cena que habría de servirse esa noche. Su único hijo y su joven esposa, en avanzado estado de gestación, llegarían en cualquier momento.
Beatriz, su íntima amiga, la acompañaba y juntas revisaron el menú, dieron un último vistazo a los detalles de la mesa, a los regalos bajo el árbol y decidieron sentarse en los sillones de la sala y descansar los pies. Marta prendió la radio y un alegre villancico empezó a oírse en la casa; el mismo que venía oyendo su familia en el automóvil cuando de pronto éste, debido a la fuerte nevada, se salió de la carretera y fue a estrellarse contra un poste de luz.
Desde entonces ya no hubo “noche de paz, noche de amor”, como decía el coro de la canción que escuchaban y Marta se pasó dos días y dos noches en vela por los pasillos del hospital. La esposa del hijo murió en el momento del accidente, pero afortunadamente pudieron practicarle con éxito una cesárea, aunque a la bebita hubo que hacerle una operación de emergencia y el pronóstico de los médicos era “reservado” por 36 horas. Su hijo sufrió traumatismos de diferente índole y también en su caso los médicos le dirían si sobreviviría una vez transcurriera la misma cantidad de tiempo.
Marta, cansada hasta lo indecible, caminaba sin rumbo por el hospital hasta que un médico compasivo, que estaría de turno en las próximas y decisivas horas, le prometió que él mismo la llamaría por teléfono, pero que por favor, hiciera caso a su amiga y se fuera a casa a dormir. Marta se dejó llevar, el llanto se había cansado de embestirla y hasta la última lágrima que ya sólo era sal se le secó en la mejilla. Cuando cerró los ojos empezó a adormecerse, sólo veía una puerta del hospital que se abría perpetuamente de adelante hacia atrás con las palabras: “Cuidados intensivos”.
Soñó que Beatriz la despertaba agarrándola por un hombro, soñó que le decía: “Es el doctor, está al teléfono y quiere hablar contigo”. Soñó que ella corría y que él le daba las condolencias y que le decía que nada pudieron hacer por su hijo y su nieta.
Fue tanta su zozobra que cuando Beatriz en realidad la despertó sacudiéndola por el hombro, Marta se dijo: “¡Dios mío!i, ahora me dirá…” Y era justo lo soñado lo que estaba empezando a decirle Beatriz. Por eso se quedó sentada, porque no podía levantarse; estaba petrificada de angustia. Ante la insistencia de su amiga, el cuerpo, no ella, logró ponerse de pie y cuando tomó el auricular se sintió completamente vacía.
Entonces Beatriz oyó a su amiga decir: “¿Diga?” Y luego vio que el rostro demacrado, ojeroso y gris de Marta se transfiguraba, renacía, con una maravillosa y radiante sonrisa.