Las gotas de lluvia cubrían el Rod Carew como se cubre un amor roto en lágrimas, como llora un niño al despedir a su padre o como el mar salpica los suspiros de una hermosa mujer.
Así arrancó el juego. Entre charcos, pero con ilusión, una ilusión que sigue incólume, viva y llena de pasión, porque tenemos tres puntos en el bolsillo, la portería limpia y una visita que puede darnos la clasificación.
¿Optimismo? Claro, cómo vamos a ser pesimistas, si ganamos. En frente no tenemos a un equipo de niños, es cierto, pero tampoco tenemos a Holanda.
Panamá pasará con lo justo. Tenía para más, es cierto. Dolió que no entrará más el balón, pero la victoria estuvo de nuestro lado.
El partido arrancó con tridente. Mismo que dio sus frutos en los primeros 20 minutos, pero de allí se fue esfumando, lamentablemente, en parte por el terreno y en otra, porque la creación no estaba clara ni mucho menos definida.
Al final de los primero 45 minutos parecía que el triunfo sería más holgado, pero, no hay rival chico, y en la segunda mitad El Salvador mejoró su calidad de fútbol y Jaime Penedo se convirtió en el héroe de Panamá.
Allí Alexandre Guimaraes se volvió jugador de póquer y tiro cuatro delanteros al terreno, algo increíble, cuestionable, pero que casi no le duró, porque Juan de Dios Pérez se hizo expulsar, por lo que tuvo que modificar de inmediato sus esquemas técnicos.
Arriesgado sistema, que murió en la cuna. Luego de quedar con 10 jugadores tuvo que cambiar, aunque con cuestionables cambios que no fueron de nuestro agradable paladar. Limón, en vez de flan.
Luego El Salvador intentó más, pero nuevamente Penedo minó sus esfuerzos, aunque el equipo azul no mostró mayor poderío ofensivo, pues cuando la tuvieron, no supieron qué hacer.
Al final, cuando Panamá intentó encimar, los minutos se fueron consumiendo como el fuego de una fogata en los ojos de aquella chica, mientras llegaba la noche y todo era más íntimo.