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Hace años se me hacen agua las manos por escribir sobre mi “no saber”. Es tan extenso el tema que me sobrecoge. Entonces me dije, con tantos que creen saber, por qué no escribir sobre ellos y sus fulgurantes conocimientos. La verdad es que... espera, ¿yo diciendo “la verdad”? Qué verdad ni san verdad. La vida nos permite, alguna vez, acceso a un par de semiverdades, y son tan íntimas, que la censura no permitiría su publicación, con todo lo generosa que es nuestra censura. Leyendo a verdaderos sabios, veo que no afirman, proponen. Más que todo, los veo tiritando de dudas. Los otros siguen aventando “grandes verdades”. Me dejan frío, me asombra su idiotez. Dan ganas de decantarlos, cernirlos para ver cuánta “verdad” realmente ofrecen.
Las verdades no necesitan voceadores, están en el aire, se pueden respirar. Tengo una fobia maligna contra los que pontifican sin parpadear “sus” verdades. Si no puedo eludirlos, me desconecto, que salpiquen de saliva al viento. Hay hombres y libros así, no recuerdo quién recomendaba no aceptar como verdad lo que solo tiene como crédito estar publicado.
Y Unamuno: “Yo no quiero un hombre que hable como un libro, quiero un libro que hable como un hombre”. ¿Cómo se habla como hombre? Cuando eres capaz de escuchar “al otro”. Si comprendes sus palabras, a lo mejor él comprenderá las tuyas. Sería una buena conversación. La lectura me ha dado cierto gusto literario; las lecturas me han enseñado a clasificar y escoger la potencia de un buen interlocutor; las lecturas insisten en mi total libertad de hacerme el sordo a los vociferadores de verdades.
En un libro de Turgenev un personaje se suicida, en su carta explica que lo hace porque «no pude simplificarme». Me impactó. No es de mis subrayados, lo citó Matías Serra, en un ensayo sobre Peter Matthiessen.
Mi no saber es una delicia, me mantiene abierto a lo que pueda aprender. ¡Fuera verdugos del pensamiento, fuera insolentes sabelotodos! Seguiré platicando con los saludablemente inteligentes, gente como Irina, aunque no escriba sobre mí!
Los sabihondos son el extremo opuesto a la rosa, que es tal como dice el poema de Angelus: “La rosa es sin porqué, florece porque florece, no tiene preocupación por sí misma, no desea ser vista”.
Ah, Peregrino querubínico, ese Angelus.