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Un banquete inolvidable


Para Moulin era una ocasión inigualable. No sería una comilona como otras, era el banquete en el que el jefe de Gobierno sería distinguido por sus seguidores y tendría la oportunidad de afirmarse como parte del gabinete, a pesar de que su linaje fuera dudoso para los futuros miembros del Gobierno.

Estarían invitados sólo los que habían sido seleccionados por el anfitrión. Y como parte de las tradiciones políticas, todo el que fuese invitado tendría un puesto asegurado, con tal suerte que podrían entrar pobres y retirarse ricos.

Moulin había bregado tenazmente. No podía faltar, pero las dudas lo asaltaban. ¿Qué sabía él de banquetes? Debía prepararse, así lograría disimular su falta de clase. Entonces, decidió buscar la ayuda de su amigo Crapaud, un maestro en las torceduras del poder.

 

El encuentro no se hizo esperar, con un adelanto como gesto de compromiso para quien lo ayudaría a superar la situación.

— ¿Así que quieres mi ayuda?, pero este adelanto es poco, dijo Crapaud.

—Me urgen tus consejos.

 

—Moulin, tu anfitrión tiene gustos exóticos.

—¿Y qué debo hacer en el banquete?, dijo Moulin.

—Debes comportarte como un caballero y degustar con elegancia.

 

—Si de comer se trata, se jactó Moulin.

—No tienes idea. Mejor iniciemos.

Crapaud tomó un recipiente con una blanquecina lagartija de saltones ojos azules. Lo destapó, vertió un poco de coñac mezclándolos vigorosamente, lo vertió en una copa y se lo ofreció a Moulin.

 

—Si quieres ser como ellos, tendrás que aprender, dijo Crapaud.

— ¿Y qué se supone que debo hacer?, dijo Moulin observando la copa.

—Debes beberlo. Si puedes hacerlo, estoy seguro que superarás cualquier situación.

Moulin tomó la copa y bebió el coctel. Pero a pesar de su voluntad, se levantó para regurgitar. No había podido superar su aberración a los batracios.

—Te veo mal, este podría ser sólo un aperitivo en el banquete, dijo Crapaud.

Moulin practicó hasta que perfeccionó el uso de los cubiertos, las copas y el arte de dominar el asco. Con un buen estómago todo se puede lograr, se repetía a sí mismo. Crapaud le proporcionó un consejo por escrito, el cual sólo debía utilizar en caso de extrema necesidad.

El día llegó. Al banquete llegaban los invitados adinerados, futuros ministros, ladronzuelos y personajes de dudosa reputación. Todos aspirantes a conseguir un puesto en el futuro gobierno. Se degustaron exquisitos platos de aves, carnes y abundantes pastas, acompañado de vinos de las mejores cavas.

Moulin comenzó a pensar que Crapaud le había tomado el pelo. Sin embargo, se consideraba parte del gabinete, no había duda de ello. Entonces se anunció el postre.

Se colocaron viandas delante de cada comensal. El anfitrión agradeció a los presentes su compañía y en particular la presencia de Moulin, quien se encontraba transpirando profusamente.

Según el protocolo, los comensales descubrían sus viandas y alababan su plato. Y así fueron descubriéndose pudines, mousse de fresas, crepas con miel, bizcochuelos y en medio de aquellas exquisiteces apareció un rugoso sapo cubierto de chocolate frente a Moulin.

Las miradas cayeron sobre Moulin. Estaba ante su prueba y no podía fallar. Sin dudarlo exclamó:

— ¡Vivan los sapos!

Se lo llevó a la boca, la abrió lo más que pudo. El viscoso batracio se deslizó por su garganta y se sumergió oponiendo resistencia en el esófago hasta depositarse en el estómago. Los comensales aclamaron al nuevo miembro del gabinete.

— ¡Es un reptil! ¿Quién puede hacer semejante hazaña?, decía uno.

—¡Se lo tragó de un golpe!, ovacionaba otro.

—¡Eres de los nuestros Moulin à Vent!, sentenció el anfitrión.

El banquete culminó. Se retiraba sudoroso y con la sensación de que el sapo había cobrado vida. Entonces fue invitado a quedarse, sintió que sus sacrificios rendían sus frutos. Necesitaba deshacerse del sapo y se dirigió al baño, pero fue a parar a la cocina. Ahí se encontró una fuente donde nadaban salamandras con tonalidades amarillas, rojas y moradas. En aquel momento pensó escapar, pero recordó que tenía un consejo preparado para ese momento, el cual leyó.

“A la patria no se le ponen condiciones, debes interponer tus intereses personales a los intereses de la nación y recuerda que aún me debes”, Crapaud.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América