El cuento tiene un claro origen oral, y una marcada intención primaria de entretener; sin embargo, su desarrollo a través de los tiempos habría de otorgarle la oportunidad de influir en la cultura de las sociedades en las que fue cultivado, al recoger vivencias, transmitir conocimientos, identificar perfiles, explicar fenómenos... y hasta de rebelarse contra los poderes constituidos, mediante la sátira y la crítica solapada.
Aún hoy, muchísimos lectores buscan en el cuento sus primeras intenciones, pero hay que tener en cuenta que, al entrar en la dimensión de la palabra escrita, el cuento fue adquiriendo tonos más relacionados con el hecho artístico, y las funciones primordiales dieron paso a detalles estructurales y a un empleo cada vez más osado de las posibilidades de la palabra como ingrediente básico en la elaboración literaria de lo narrado.
En la actualidad, el género ha cambiado tanto que bien podríamos exigirle un nuevo nombre. Así mismo, es menester que el público tenga claro ese proceso, y nuestras escuelas consideren tal enseñanza en los planes de estudio, para que los jóvenes de hoy obtengan nociones literarias que les permitan acceder a la producción contemporánea.
Como profesor universitario, me consta el enorme bache que separa a la mayoría de los estudiantes egresados de secundaria, instruidos sobre todo en lecturas anteriores a la segunda mitad del siglo pasado, con respecto a los autores y obras del presente, que se expresan mediante códigos que pueden ser distintos.
El cuento actual, celoso economizador de palabras, aspira en cambio a alcanzar la máxima proyección en cuanto a sentidos, lo que a su vez se multiplica según las variables que introduzca el lector, definidas sobre todo por su experiencia. Por ejemplo, un cuento puede apelar a una referencia velada acerca de un hecho histórico o literario, que se supone de conocimiento general; en la medida en que ese lector conozca esa referencia, se enriquecerá el sentido.
Es buena práctica de Día D publicar cuentos contemporáneos, y a los lectores de esta columna les recomendamos visitar portales como www.minitextos.org, donde podrá encontrar muestras universales del género.
Mientras se sienten alrededor los aires navideños, y procuramos separarlos del contexto consumista, repasemos cuentos de época, como el de Gil Blas Tejeira (1901-1975): "El retablo de los duendes", equiparable en su calidad al célebre "Cuento de Navidad", de Charles Dickens, escrito a mediados del siglo XIX.
"Distínguete como panameño, lee a los autores nacionales".