Estoy contento con mi última profesión: periodismo. Recién cumplidos veinte años de escribir para diferentes periódicos, me atrevo a llamarme periodista.
¡Bendita suerte! Siempre me gustaron las diversas formas que me prestó la vida para ganármela. Desde la adolescencia –que llevo como garrapata detrás de la oreja–, cuando ganaba escuálidos dólares en las vacaciones escolares trabajando para mis tíos Jorge y Rafael. Fui estibador, cosí sacos de henequén, repartí comida de ganado por lecherías y establos de caballos de carrera en Juan Franco; de paso, aprendí a manejar el enorme camión Diamond T (que terminé destrampando contra un muro). Me divertí sobremanera manejando la chiva de Isidoro en la ruta Chorrillo-Hospital (seguro fui de los primeros “palancas”. No cobraba nada, pues me dominaba la birria de manejar, pero Isidoro siempre me tiraba la toalla). Él corría su riesgo al permitir que un pelao sin licencia manejara. Lo hacía porque estaba hasta el cuello en la ciénaga del amor por Eulalia (empleada en Bellavista) a quien visitaba furtivamente en mis horas de manejo.
Breve etapa de chofer. Graduado de marino, embarcado, alboroté más y gané mejores salarios. Di vueltas por medio mundo, leí dos veces la “Ilíada” y otros sopotocientos libros. Arrojé al mar “Así hablaba Zaratustra” por no entenderlo (todavía no lo entiendo).
Volví a tierra, mis tíos me acogieron nuevamente. Me zumbaron a México a empadronarme en el misterio de las básculas y balanzas. Regresé fanático del equilibrio. De eso tratan las balanzas. Este oficio me influyó tanto que sentí que la vida misma era cuestión de equilibrarnos. Ya saben: el bien y el mal, equilíbralos y te equilibran.
Colaboré con Sandy Motta en la creación de la Escuela Náutica (en verdad él cargó con todo). Trabajé ocho años como profesor (sin huelgas). Qué gusto ver cómo se reivindicaban los marinos panameños al abordar los barcos con disciplina y técnica.
Todavía elástico y saltimbanqui, fui bombero. Entrené mil caldereros en presiones y temperaturas, mientras los bomberos me entrenaron a mí en ese fiel y noble ejercicio del compañerismo.
Así pasé la vida bien, demasiado bien, tú perdona (casi todo el mundo prefiere relatos de mala suerte). Tras veintidós años con los camisas rojas, me jubilé. Entonces se me presentó el mejor trabajo posible: ayudar a Tichi Valdés a crear un periódico semanal con hambre de cultura: El Heraldo. Mejor no me cuadraba. Escribir, escribir y escribir, ¿cómo quejarme?