Timothy Miller se levantó muy temprano, pero con desánimo, como casi todos los días desde que empezó sus labores de ascensorista, ya que, según él, eso de estar encerrado en una jaula metálica durante ocho horas era casi como estar en prisión. Extrañaba mucho su antiguo empleo de cartero, porque el trabajar al aire libre, saludar a los adultos, a los niños, ver correr a las ardillas por entre las ramas de los árboles, admirar los jardines y sus plantas con flores, no tenía comparación. Aunque en aquel oficio de cartero no todo fue perfecto, había veces que esa labor se tornaba realmente fastidiosa, como los días en que hacía mucho frío o cuando, de repente, se le aparecía algún enorme perro gruñón.
Timothy se entristeció al recordar a su querido Papillon, un terrier de largo pelaje blanco con negro, cuyas grandes orejas se abrían como las alas de una mariposa (por esa razón le había puesto ese nombre en francés). Lo había perdido hacía seis semanas y por más que lo buscó poniendo anuncios, ofreciendo recompensas, nadie respondió. Los ojos se le llenaban de lágrimas con la sola idea de imaginar que Papillon hubiese sido arrollado por un auto... Pero Timothy, el ascensorista que antes había sido cartero, tenía un segundo trabajo ocasional: era ladrón.
Si bien no se podría suponer que fuera un profesional en su oficio porque sólo había hecho unos cuantos "trabajitos" para mejorar su raquítico sueldo, él ponía todo su empeño en buscar la perfección; y lo hacía viendo películas de robos, leyendo libros sobre timos o estafas y buscando información avanzada sobre las últimas innovaciones en cerraduras, alarmas, etc. Además, tenía planeado cometer un atraco esa misma noche. Entraría a la casa de una anciana. La había observado desde su auto cuando ésta caminaba dos o tres cuadras después de hacer compras en el supermercado. Al parecer vivía sola. Su residencia estaba situada en un barrio contiguo al de él.
Con todo aparentemente bajo control, Timothy se aproximó al jardín de la casa de dos pisos como a las nueve de la noche. Escuchó encendida la televisión con un volumen muy alto. Pobre mujer, debe estar medio sorda ??"pensó. Procedió a colocar una escalera que encontró, escaló al piso superior. Antes de entrar por una de las ventanas se quitó los zapatos y los calcetines para evitar hacer ruido. Acto seguido se colocó los guantes y el antifaz de ladrón. Le fue fácil abrir la ventana con una ganzúa, porque solamente estaba cerrada con picaporte, hizo las cortinas de encaje a un lado y entró.
Ayudado por una linterna procedió a inspeccionar lo que sin duda era el dormitorio de la señora. Revisó los cajones, tomó algunas joyas que encontró y rápidamente se introdujo en la otra habitación. Era, en apariencia, el cuarto de un militar: vio fotografías de un hombre con uniforme, medallas, condecoraciones y un sable. Le dio vuelta asiendo su empuñadura dorada, lo acarició y deseó llevárselo, pero además de que no le veía ningún fin práctico, se dijo que sería incómodo de cargar. Con todo y eso no pudo evitar la tentación de tomarlo y lo llevó consigo.
Entreabrió la puerta. Escuchó aún más fuerte el volumen de la televisión.
Como no había encontrado el dinero, supuso que la señora lo traería consigo y decidió bajar. Con sumo cuidado iba descendiendo paso a paso los escalones, andando de puntillas por el frío parqué. Ella estaba de espaldas, sentada en un sillón viendo las imágenes de una película de vaqueros. Él se aproximó y gritó:
??" ¡Esto es un robo, arriba las manos!
Todo sucedió tan deprisa que Timothy se desconcentró. La anciana giró su sillón que tenía ruedas y gritó:
??"¡Ataca, Dragón!
Timothy enmudeció. Miraba a ambos lados tratando de adivinar por dónde atacaría lo que seguramente sería un perro rottweiller o un dobermann. Escuchó unos ladridos, pero el animal que se le aproximó, estaba loco de contento moviendo la cola y lamiendo sus pies. A la señora le dio tiempo de encender las luces y apagar el televisor para encontrarse con la inusual escena de tener a un rufián con antifaz en casa y a su propia mascota dando piruetas de alegría.
??" ¿Me puede explicar qué sucede, jovencito?
??"Gracias, señora, no tengo cómo pagarle.
??" ¿Pagarme qué?, si se puede saber ??"dijo indignada y molesta.
??"Que haya cuidado de mi querido perro ??"exclamó al mismo tiempo que se arrodillaba para tocarlo y llenarlo de mimos.
??"¿Qué le da derecho a decir que es suyo? Es mío y se llama Dragón.
??"Lo siento, señora, no más mire cómo está de feliz. Es mío y se llama Papillon ??"e hizo ademán para quitarse el antifaz.
??"Quíteselo le instó ella -aceptando lo innegable- siga jugueteando con su perro, pero devuélvame mis cosas y deje en el suelo el sable de mi hijo. Al pobre animal lo encontré en la calle; cierto que parecía perdido, pero cuando le di una galleta de avena que traía en mi bolso, me siguió hasta la casa.
??"Por cierto, hablando de comida, ¿ya cenó? ??"preguntó con la mano en la cintura a aquél hombrón descalzo tirado en el suelo que jugueteaba con el terrier.
??"No señora, la verdad, aún no.
??"Bueno, levántese del piso y ayúdeme en la cocina.
Cuando él, obediente, le pasó cerca, ella le alargó la mano y le dijo:
??"Mucho gusto, me llamo Edwina.
??"Encantado señora, yo soy Timothy.
Entre los dos se prepararon sendos emparedados de pollo y tazas de chocolate caliente y los llevaron al comedor. Desde abajo, embelesado, Papillon los miraba alternativamente.
??"Bueno, dígame Timothy, ¿por qué se dedica a robar un hombre joven que en vez de eso puede trabajar? ¿No ve que es un delito que lo puede llevar a la cárcel? ??"inquirió apoyando con ternura su mano sobre la de él.
??"Yo le tengo otra pregunta, ¿por qué le ha puesto por nombre Dragón?
??"Por las alas que tiene ese animal fabuloso, ¿no las recuerda?
??"Ya veo ??"dijo él.
Y es que, en realidad, ambos miraban el mundo de diferente manera, él desde el ángulo incauto de las mariposas y ella desde el ángulo frío y lúcido que le daba la sabiduría de su edad.
Timothy, subió a Papillon en sus piernas y procedió a contar a la anciana parte de su vida solitaria. Edwina le relató cómo se enteró que su único hijo había muerto en combate. Ambos se secaban los ojos cuando hablaban de sus soledades. Las enormes alas de mariposa que el perro tenía por orejas, se volteaban hacia cada uno de los rostros.
Estuvieron hablando durante largo rato. Ella, envuelta en su chal de estambre y sus anteojos de abuelita de cuento y el ladrón, con el antifaz colgando de uno de los bolsillos de su camisa. Edwina le dio muchos consejos sobre cómo hacer para enmendar su vida y dejar su carrera de pillo. Él procedió a indicarle lo que debería hacer para reforzar la seguridad de la casa.
Cuando quiso despedirse de su recién adquirida amiga, hubo un gran momento de turbación. Antes de abrir la puerta Timothy llamaba a Papillón para que se fuera con él y Edwina pedía a Dragón que se quedase a su lado. En el medio, el pobre perro indeciso (siempre con las orejas levantadas), no se decidía.
Cuando Edwina vio tristeza en los ojos de Timothy le ofreció que la visitase ese otro día. Entonces él, ansioso y sin darse una tregua para pensarlo dos veces, le preguntó:
??"Señora Edwina, ¿no podría venir a vivir con usted? Yo no tengo a nadie.
Usted necesita quien la cuide y el perro nos quiere a los dos.
La anciana lo miró pensativa y asintió con la cabeza al tiempo en que jalándole de una oreja le musitó:
??"Muy bien, Timothy, ven mañana cuando salgas de tu trabajo. Pero antes dame acá ese antifaz y esos guantes, para echarlos al basurero.