La Mimi Frutti arrastró una silla y se sentó entre César y yo en la redonda mesa de "La Cabaña", esa cantina retórica, ruborosa, chistosa, aventurera; detrás del edificio Chesterfield; prólogo y epílogo de grandes parrandas y encuentros iridiscentes. Nadie había invitado a la Mimi, pero su morena y rotunda belleza le concedía asiento en cualquier reunión de pollos o gavilanes. ¿Qué la atrajo? Creo que las risas de nuestro grupo: Mario C, José F., Toño A., Braulio S y, claro está, César Young Nuñez y yo. Era un nocturno de viernes, con amanecer sabatino detrás de la puerta. Registradas ya "La Montmartre", y una corta parada en "Lo que el viento se llevó", Habíamos llegado a "La Cabaña" cantando, como para buscar pelea: "Ya yo no soy una niña y por eso confío en Prosán", seguida de: "A la lucha, proletarios; al combate final; que sea la raza humana, soviet internacional". Y Toño nos deslumbraba con su francés: Desafiantes, era inexplicable que no fuéramos a dar a la cárcel con gobierno tan derecho que temía hasta las zapatillas de los zurdos (al fin del cuento, vimos que nada de eso resultó). La Mimi no decidía quién sería su escolta. Hasta que le preguntó a César: "¿Y tú quién eres?" Y César, con una ceja enarcada, el cigarrillo haciendo equilibrios en sus labios y su mirada de ojal, con el niño de los ojos apenas asomado, le dijo: . Ahhh, ¿y qué pasó? Sin que nos diéramos cuenta, la Mimi y César desaparecieron mientras, encerrado en el tocadisco, Beny Moré cantaba ¿Cómo fue? no sé decirte como fueeee!
Aquellos fueron de verdad, los buenos viejos malos tiempos para nosotros. Apurábamos con sed de naúfragos ese magnífico coctel de impertinencia, rebeldía, ron, amoríos, poesía y gomas impenitentes. Y el César ahí, Tigre de la Malasia, inspector de naves agonizantes, reasegurador de monos muertos, monaguillo enamorador, brazo izquierdo de Sandokan, inventor de la poesía ropista: "Gasté siete pares de zapatos buscándote \ Murió a la temprana de edad del cuarto calzoncillo / Hace un calor de veinte pañuelos?"