En medio del ambiente de caos que intentaba generar la oposición política en México, el general Gerardo Vega García, secretario de Defensa, hizo un dramático llamado. "No podemos permitir que nos dividan, no debemos permitir que nos separen. Hoy mas que nunca debemos mantenernos unidos por la tranquilidad de la Patria y su futuro", exhortó. Dándole cercanía a esas palabras, hay que destacar que el fin supremo de todo ciudadano de este país debe ser Panamá. Existen diversidades políticas e ideológicas, diferencias sociales y económicas, pero al final Panamá cuenta con instituciones fuertes, una democracia probada en las urnas y la vitalidad de un gobierno nacional constituido en garante de la ruta y el camino a seguir.
Al igual que en los individuos, el gran reloj de la historia de un país, no se detiene. En su marcha no hay premura ni demora. Por eso las acciones de grupos radicalizados y de algunas figuras de la oposición política, carecen de sustancia y contenido como para pensar que pueden trabar la marcha del país. La coyuntura del referendo nacional para decidir la ampliación del canal, está siendo instrumentalizada por esos sectores para ventilar intereses particulares que nada tienen que ver con el querer de la mayoría de los panameños. En lugar de exponer ideas para persuadir, refutar, atender las razones opuestas y, en esa practica, decantar los conceptos propios, confrontándolos con los ajenos y hacer flotar acuerdos aceptables para todos, teniendo como esencial la concordia colectiva, tratan de intoxicar el ambiente con pretensiones radicalizadas.
La permanente promoción de explicables, pero inútiles rencores que buscan impedir un mínimo común de acuerdos nacionales, tienen como objetivo fijar las culpas de los males del país en las actuales autoridades nacionales y olvidar las propias. Hacen política y tratan de descalificar la política como instrumento del bien común. Alentar las diferencias y los enconos es contribuir a la tragedia. Los acuerdos nacionales forman parte de una de las más antiguas recetas para la convivencia civilizada. Las descalificaciones no ofrecen alternativas que aseguren el fortalecimiento de la Nación, ni la vigencia del estado de derecho, ni la reforma de las instituciones, ni la equitativa distribución de la riqueza, ni la promoción de las inversiones y el incremento de las exportaciones. Es la hora de deponer las insensatas aspiraciones personales, cerrar los temas que son solamente accesorios y enfocarse en lo que realmente resulta prioritario para el país. No se busca uniformar a la sociedad, ni unificar los criterios, pero si sumar voluntades frente al inquietante futuro de la mayoría de los panameños.
Ningún ciudadano puede, sensatamente, exigir que las instituciones y prácticas políticas existentes en su entorno encajen de modo perfecto en sus propios ideales de lo que debe ser la democracia. Pero los panameños tampoco pueden ser indiferentes con un todo que vale en materia de producción democrática.
El mundo y las sociedades contemporáneas están convergiendo hacia el centro, hacia regímenes de pluralismo moderado. Eso tiene que ver con el respeto del patrimonio común de las instituciones del Estado y la regulación de los conflictos mediante la deliberación y el consenso.
En el caso de Panamá, el gobierno nacional no es responsable del enrarecimiento de la atmósfera social. Ese ambiente lo tratan de crear quienes responden a consignas extremistas, impulsados de una pasión insaciable, cual sacerdotes de un culto inclinado hacia la celebración de los conflictos. Las causas pueden encontrarse en las desigualdades sociales y en promesas incumplidas, pero un comportamiento radicalizado lo que busca es favorecer a los extremos y castigar las posturas de la moderación. Así la sociedad panameña resulta en rehén de quienes pretenden imponer el caos como moneda de curso normal. Lo que se pretende es construir el imperio de la confrontación. El exacerbar los conflictos sociales tiene como horizonte invadir el espacio publico con métodos que comprometen la búsqueda de soluciones pacificas a los grandes problemas nacionales. Es un contra discurso que, basado en una proclama antisistema, trata de descarrilar es espíritu cívico que representan la racionalidad y la tolerancia.
En estos días algunos figuras políticas y sociales que rechazan la ampliación del canal, tratan de pintar un país en el que todo esta mal. Pretenden mantener un clima de protestas sectoriales hasta el mismo 22 de octubre, día del referendo nacional. Actúan con un planificado cálculo político para tratar de mantener las aguas agitadas aprovechando la realidad de que hay demandas sociales no resueltas. Es cierto que no puede decírsele a los panameños que no protesten porque hay un referendo en el horizonte. Por eso los ideólogos del no buscan manipular la actual coyuntura tratando de que la mayoría de los panameños no aborden los temas nacionales en forma objetiva y pretender hacerlos caer en la incertidumbre y la zozobra como caldo de cultivo para intentar generar un caos colectivo.
La moderación, que procura articular discursos de comunicación y de diálogo, se ve cercada por los violentos y extremistas que tratan de sabotear cualquier signo de acuerdo y concertación política y social. Por eso es urgente fomentar puntos de apoyo que permitan terciar en un debate con contra argumentos que demuestren que lo que está en juego es el futuro de la democracia panameña y el hacer realidad las aspiraciones de la mayoría de la población por un mejor porvenir.
Los panameños, y así lo revelan las encuestas, apuestan por la moderación. Rechazan a quienes buscan reflotar el predominio del antagonismo con una lectura ideológica de los conflictos sociales. Es aquí donde deben intervenir los partidos políticos y la sociedad organizada y hacer valer su voz como expresión de la mayoría ciudadana que se resiste a ser prisionera de quienes atentan contra la moderación en contraposición con la razón del compromiso y el respeto de la legalidad. Desde el gobierno no se alienta la confrontación. Esa es una tarea cotidiana de sectores con intereses creados que se reflejan en sus ambiciones de poder. En el país hay espacio para las izquierdas nostálgicas y para las derechas ambiciosas, siempre y cuando no atenten contra la moderación.
La vida toda es un permanente ejercicio de opciones. La calidad y el resultado de esas decisiones marcan el nivel y la calidad de la vida de cada ciudadano. Quedarse sin opciones es la raíz de muchos males sociales. El panameño común debe visualizar claramente las opciones valiosas. No todo es lo mismo. Las sociedades que no salen de su confusión y de su inercia, resultan víctimas de oportunistas, demagogos y charlatanes.
Solo la voluntad esclarecida de la mayoría de panameños puede cambiar las cosas. Los verdaderos ciudadanos son los que pueden construir una Nación en serio. Los simples espectadores son aquellos que no ven más allá de la inmediatez. Frente a los panameños se abre la oportunidad de construir el futuro del país.
Cuando la situación se torna difícil, es más fácil esconderse en la confrontación que apostar por el futuro. La hora actual es la de las coincidencias y de descubrir que son muchas las tareas que los panameños tienen en común como para perder el rumbo exacerbando las naturales diferencias. En las pasadas elecciones, los panameños votaron por lo que debiera ser el rumbo de la Nación, por la unidad nacional, por la paz social, por el respeto de las instituciones y la legalidad como fortaleza de la democracia.
El momento presente no es para crear enconos, sino para construir acuerdos, para superar diferencias y colocar el interés general de la Nación por encima de cualquier propósito particular. Panamá requiere de estabilidad y previsibilidad como condición indispensable para el progreso económico y social. No es tratando de minar la credibilidad del gobierno nacional y sus figuras más representativas, como se avanza hacia el futuro, sino estimulando la confianza que permita anticipar el horizonte y perfilar el colectivo común en el que se ven identificados la mayoría de los panameños.
Un Proyecto de Nación con Lugar para Todos
El gobierno nacional no es responsable del enrarecimiento de la atmósfera social. Ese ambiente lo tratan de crear quienes responden a consignas extremistas, impulsados de una pasión insaciable, cual sacerdotes de un culto inclinado hacia la celebración de los conflictos. Las causas pueden encontrarse en las desigualdades sociales y en promesas incumplidas, pero un comportamiento radicalizado lo que busca es favorecer a los extremos y castigar las posturas de la moderación. Así la sociedad panameña resulta en rehén de quienes pretenden imponer el caos como moneda de curso normal.