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Un real

En mi barrio, con cinco reales tenía una entrada para ver dos películas en el cine FOX, una soda y un bom.


Hace un instante, el tiempo es una traición que no se debe tolerar, me encontré a una hermosa mujer, soy un hombre afortunado para que esto ocurra, y conversamos de la infancia y lo que llamamos “el tiempo de antes”. El tiempo de antes es un lugar maravilloso donde viajamos con la memoria y es una alegría superlativa la que acontece mientras estamos ahí.

En algún momento saltó la palabra “real”, esa moneda de cinco centavos con la que se compraba casi todo. Por supuesto que el “medio” y el “cuartillo”, esas moneditas que, con celo, conservaban las abuelas. Entonces se rasgó el velo de los me acuerdos. Ese mi tiempo en que las marcas más distinguidas de camisa era Manhattan o Mcgregor (wash and were); de desodorante, Yodora o Vallet; de colonias perfumadas, Old Spice o Yardley; de jabón Palmolive y Salvavidas, brillantina Parami, champú, Alberto VO 5…

Tiempo de las pelucas, casi todas las mujeres de esa época las usaron. Antes que llegara el poliéster y la basta ancha, fue obligatorio tener un diablo fuerte (jeans) y un pantalón tornasol confeccionado en la sastrería de la esquina. Vuelvo al real. Con uno de esos podías comprar un durito y un keki, a medio cada uno, lo mismo costaba una chicha, una soda, el raspao. En mi barrio, con cinco reales tenía una entrada para ver dos películas en el cine FOX, una soda y un bom; nueve michas de pan por tres reales, un real de mantequilla y un café Durán a real…

El transporte en una chiva Chorrillo-Boca la Caja- Hospital, un real; una libra de arroz tres reales; una libra de pulpa negra, 13 reales; dos plátanos maduros por un real; una lata de leche Klim chica, 13 reales; un Pabito, un real… También había excelente oferta de los carretilleros que colmaban el día con sus pregones de intercambio de frutas por botellas. Sigo: la gasolina siete reales, hielo, un real.

No obviaré, por obvia, la ñapa o el pescaíto, aunque especie de soborno de los chinitos para que prefiriéramos su negocio, funcionaba en aquel reino de belleza.

Se dirá que: a pocos gustos, pocos gastos, es cierto que no había tanto como en nuestros días, pero —aun en la adversidad— nos iba bien. No diré que ese tiempo pasado fue el mejor, pero qué bueno que pasamos por ahí, pues como dice Carmen: “Hasta para comer tamal hay que tener suerte”.


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936170
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América