La idea de presentar un calendario de clásicos con premios totales cercano al millón de dólares, en principio fue una idea que dice mucho de las aspiraciones de quienes tuvieron en su momento la responsabilidad de confeccionar el mismo.
Para nadie que esté medianamente enterado de lo que sucede en otros ámbitos de la hípica mundial resulta extraño ver a los compradores de caballos llevando a sus cuadras a los hipódromos donde los primeros son más ricos y a los administradores de estos propiciando las condiciones para atraer a esos dueños de caballos.
Una herramienta útil en es mercado de oferta y demanda lo constituye una buena agenda de clásicos. Hasta allí hay que aplaudir a los miembros de la comisión que elaboró el calendario (en su mayoría dueños de caballos).
Pero la buena intención colapsó cuando el porcentaje que se descuenta de los premios para alimentar el fondo para el pago de clásicos se disparó enormemente, llegando incluso (proporciones guardadas) a ser casi igual al total de premios que se paga semanalmente en las carreras ordinarias.
Pasados siete meses de la presente campaña, además de la injusticia que se está viendo en los pagos que reciben los dueños de caballos no clasiqueros y que son los que generan la mayor parte de las apuestas que se producen en nuestro medio, tampoco se ha visto ningún repunte en la importación de caballos.
Frente a este panorama es obvio pensar en un ajuste a los premios de los clásicos que restan de la temporada para hacer una distribución más equitativa en las carreras regulares y, en consecuencia, darle un respiro a la mayoría que son los que ponen la cuota de sacrificio para mantener a flote un espectáculo menguado por los personalismos y la miopía de quienes no entienden que si no tiran las sobrecargas que hay en el barco el hundimiento será inevitable.