A pesar de su pobreza y humildad, le enseñó a ser una persona de bien, alguien de templado carácter, elementos que luego le servirían para ceñirse cinco coronas universales y convertirse en uno de los diez mejores boxeadores de todos los tiempos.
Esta es parte de la historia de una madre y su hijo que se consolaron y dieron apoyo mutuo. Una historia cuyos capítulos no siempre fueron color de rosa. “Vivíamos en la Casa de Piedra en El Chorrillo y hubo un corregidor que nos sacó y después tuvimos que quedarnos debajo de las escaleras. Yo estaba encinta de Víctor. Estaba pagando, pero me sacaron.”
Doña Clara Ester Samaniego, recuerda éste como uno de los capítulos más difíciles de su vida. Fue una mujer que pasó mil penurias con sus hijos, entre ellos Roberto Durán que prometió sacarla de las condiciones en que vivía.
Un señor de apellido Benítez, de nacionalidad salvadoreña, se compadeció de la situación en que estaba doña Clara y le regaló un cuarto. En la misma noche que ocupó la habitación le sobrevinieron los dolores del parto.
Aunque pasó muchos trabajos y sacrificios, la señora Clara Samaniego agradece que nunca faltó una mano amiga que se extendió para ayudarla. Pero con orgullo y emoción narra que, sobretodo, encontró en su hijo Roberto Durán el apoyo solidario e incondicional que supo ayudarla en todo.
Al sentir los dolores de parto doña Clara fue llevada al hospital Santo Tomás. Su hijo Roberto había salido, como era habitual, a vender periódicos y baratijas; así a limpiar zapatos por las calles de la ciudad. Al regresar se vio con la sorpresa que su madre no estaba en el lugar habitual, debajo de la escalera, a donde todas las noches le llevaba la comida que había conseguido con su esfuerzo.
Así es que prorrumpió en amargo y triste llanto al no encontrarla. Luego se enteró que su madre había sido llevada al hospital y al día siguiente fue a visitarla.
“Ahí estaba en la parte de abajo silbándome para que me parara. Le hice señas con la mano y se coló y entonces me dijo: - que tuviste mamá-. Le dije: - tuve un varón - ¡Ayy, pobrecito! Usted lo viera, me traía los platones así, llenos de pañales, sabanillas, camisillas... de todo como si hubiera sido un hombre viejo”.
Doña Clara nos cuenta que así fue con todos los hermanos. Roberto “araba” el mundo para que no les faltara vestido ni qué comer. “El Cholo” se encargaba también de pagar la cuenta del hospital, refiere su madre.
De pequeño, el que después sería cinco veces campeón del mundo que conocería la fama y fortuna, siempre estuvo pendiente de su progenitora.
“Cuando estaba chiquito (Durán) yo me sentaba en una mecedora y entonces él me agarraba y me decía: - oye mamá, qué te pasa...- No, no papá, no... que tengo hambre le decía yo. -Espérate mama que yo te traigo una comida- Se iba por allá arriba al límite, cuando yo acuerdo me traía una comida y una soda. Me decía: - mami come ahora y tú verá a ve y me esperas más tarde cuando yo vengo- Yo le contestaba: Ta bien papá pues”.
Y el pequeño Roberto se marchaba a limpiar zapatos o a vender peinillas y otros objetos. Por lo general, siempre era acompañado por Sammy Medina y su inseparable amigo “Chaflán” La señora Clara considera a estos dos personajes como muy buenos muchachos de buena compañía para Roberto. En cierta ocasión Sammy Medina le comentó que cada vez que pasaba cerca del cementerio de Pueblo Nuevo escuchaba una campanilla. Lo que fue tomado como un mal presagio por ella. En esa ocasión se fue a ver a Roberto a practicar, quien ya había incursionado en el boxeo.
Al regresar se encontró con la infausta noticia que un auto había matado a “Chaflán”. Para Durán este incidente resultó uno de golpes más duros que ha recibido en la vida, dada la gran amistad que le unía al fallecido.
Ella nunca estuvo de acuerdo que su hijo se metiera a boxeador, pero lo aceptó con resignación.
“Mire, yo le voy a decir papa, para mí era un dolor muy grande cuando él peleaba. Se me subía la presión y me atacaban los nervios. Yo le pedía a la Virgen del Carmen, a quien le ofrecí como ofrenda mi cabello que me había dejado crecer, y al Jesús Nazareno”, relata.
A veces su propia madre fallecida era el objeto de sus súplicas: “Cuando Roberto iba a pelear con Esteban de Jesús le dije que pelara los ojos pues iba a caer en el primer asalto. El no me creía. Cuando empezó a pelear ¡pam! lo tiraron al suelo. Yo llamé a mi mamá: Ceferina García levanta a Roberto de allí y que salga bien de esa pelea”.
Parece que los ruegos fueron escuchados porque Roberto se levantó para rematar de forma espectacular a su adversario.
En más de una ocasión Doña Clara no resistía ver los combates de su hijo. Crusifijo en mano rezaba y rogaba a Dios de corazón que todo saliera bien. Eran sus hijas e hijos que se encargaban de decirle que la odisea había pasado y que Roberto había triunfado.