¿Qué es lo que me gusta de un libro? Me pregunté en voz alta. Cosa que hago cuando quiero “oír” mis pensamientos. La gata, que dormitaba en mi silla de director de cine, me dedicó una sonrisa sin colmillos. ¿Qué estaría soñando “La NIña”?
Decía Unamuno que él no quería un hombre que hablara como un libro, sino un libro que hablara como un hombre. Me acerco con cautela a esa preferencia. Sí, me gusta el libro coloquial, sin rebuscamiento, pero literario; que me hable, con la voz del autor, no con su ilustración; con sus vivencias, no con su gabinete. Me gusta saborear la pasión del que escribe. Tal vez mi experiencia de lector me permite adivinar cuándo al escritor le gusta la línea que le salió... y cuándo no. Con otros nunca se sabe.
No tengo nada contra los best sellers. Son importantes porque la novelería (usada esta palabra como trampa de la novela) empuja a muchos nolectores a abrir el libro del que todos hablan. Muchas veces no lo terminan, pero lo abrieron, algo es algo.
Le di oportunidad al Código Da Vinci y a dos de los libros de Stieg Larsson. Un mordisco aquí, y un zarpazo allá. No me atraparon. No quiero profundizar en razones por las cuales ni comencé a leerlos. Las quince o veinte libras de páginas de esos libros no las puedo comparar con las siete libras de “2666” de Roberto Bolaño, ni con las dos y media de sus “detectives salvajes”. Apenas comencé a leer a Bolaño, me di cuenta de que es la clase de escritor que prefiero. Él dice que hay literatura para cuando estás contento y cuando estás ávido de conocimientos. Y que también la hay para cuando estás desesperado. Para estos últimos siempre recomiendo a Tagore. Para suerte mía, cuando lo abrí para la prueba, Bolaño me habló de tres amigos que, sentados en una terraza, “se instalaban en un silencio obstinado. Petrificados, olvidaban el tiempo y se volvían hacia dentro, dejando el abismo de la gente, el abismo de la conversación y decidían asomarse a una región como lacustre, una región romántica tardía, donde las fronteras se cronometraban de crepúsculo a crepúsculo, diez minutos duraban una eternidad, como los minutos de los condenados a muerte (…) Después salían acalambrados del silencio y volvían a hablar de mujeres, de filología finlandesa, de...”
Busca a Bolaño y verás.