Cuando se es joven, la palabra invencible brota de nuestros poros. Corre como una cascada de sudor por nuestra humanidad ante los grandes desafíos que se nos presentan.
Confiamos en que, por el hecho de tener de nuestro lado el poder de la juventud, podemos superar cualquier obstáculo que se nos presenta, incluso sin estar preparados físicamente en un 100%.
En ese caminar no hay duda de que la palabra éxito nos estremecerá la vida en más de una ocasión. Gozaremos del dulce sabor que produce la victoria, a pesar de que el trabajo fuera del campo de batalla no se hizo al pie de la letra. Es en ese momento cuando nos confiamos en que somos invencibles y que con una regular preparación es suficiente para seguir siendo grandes en cualquier disciplina deportiva. Pero llegará el día en que la realidad nos pegará de frente en la cara para que abramos los ojos y aprendamos la lección.
No quiero quitarle méritos al triunfo contundente por los puntos del argentino Sergio “Maravilla” Martínez, pero lo que observé el sábado por la noche me deja claro que el mexicano Julio César Chávez Jr. no se presentó a la guerra al tope de sus condiciones físicas. Así lo confirmó también su propio padre luego del pleito.
Todos vimos a un Chávez Jr. con falta de agresividad y sin una determinación que lo impulsara a cortarle el “ring” a su adversario. No vimos, durante 11 asaltos, a un Chávez Jr. con hambre de destruir, de presionar a “Maravilla” para sacarle provecho a la pelea que más le convenía, la corta distancia.
Así quedó demostrado en el último asalto, cuando Chávez Jr., en ese último intento de dejarlo todo, puso a gatear a “Maravilla”.
Me quito el sombrero ante “Maravilla”, porque demostró que le sobra corazón, principalmente en ese último asalto, el cual sobrevivió gracias a su excelente preparación, ejemplo que debe copiar Chávez Jr. para la revancha.