Guardiana de recuerdos, Piedad Álvarez Maestre es una maestra de la pluma, aunque siga considerándose alumna.
Sus pinitos en la literatura los dio en la infancia. Ganó un concurso con un cuento que escribió en primaria acerca del viaje de un niño desde España.
Era un cuento basado en recuerdos, en memorias de relatos que le hacía su madre. Sobre las peripecias de un viaje en barco con tres niños.
"Lo narré como algo muy vívido", nos dice, con los ojos mirando quizás al pasado.
Cuando acudió a la palabra en busca de ayuda para hacer el escrito, le resultó tan grato este encuentro que le produjo una catarsis, y un manantial de ideas y anécdotas llovieron de su mente y cayeron en el gran cántaro que es el libro. Dio a luz su primer cuento.
Después del nacimiento del primogénito, los otros hijos cuentos fueron dados a la luz uno tras otro. Incontables.
Como si tuvieran pies, los cuentos de Piedad fueron a recorrer el mundo, como su madre escritora, quien cuando niña partió de España hacia la patria de Carlos Gardel.
Estaba muy pequeña como para recordar cómo fueron sus primeros días en Argentina. Pero, desde entonces, parece ser una especie de gitana.
Andar como transeúnte permanente en busca de nuevos escenarios para alimentar su humanidad, ha sido una constante en la vida de la autora de "Cuentos cortos para gente larga".
Panamá podrá darse cuenta de la calidad y estilo literario de esta pieza que una lee con la avidez del sediento que encuentra un oasis en el desierto.
Aventuras infantiles llevadas a la página en blanco, de eso hay en el librito de 91 páginas que está lleno de lecciones de vida.
Los cuentos de Piedad son especie de historietas mágicas matizadas con el olor y el sabor que dan la curiosidad, ingenuidad, imaginación y capacidad de sorprenderse que poseen los niños. Cuentos que saboreamos los adultos. Son hechos para nosotros. De alguna forma nos sentimos personajes de esas travesuras y juegos.
¿Quién no ha jugado al escondido? ¿Quién no ha amalgamado sueños? ¿A quién no lo ha matado la curiosidad cuando niño? De todo eso y de la amistad tratan los tres primeros cuentos de la obra, al fin sujeta al escrutinio público. Pues de tanto corregir sus cuentos, si no atina a hallarse amigos en la vida que leyeron su narrativa y le aconsejaron sacarla del baúl, quizás hoy no estaríamos dando cuenta de que ha nacido una escritora.
Ella va desgranando ese torrente de vivencias, de recuerdos que atesora la memoria. Nos convida a un bocado literario que es toda una tentación.
Piedad compartió con nosotros galletas de higo y otras delicias en su residencia en Marbella. Mientras tanto, echó mano del recuerdo y barajó ideas, emociones, recuerdos y nos contó de cómo les puso alas y las echó a volar para que aterrizaran en el mundo de la literatura que es terreno fértil para todo el que quiera crear con la palabra.
Se tomó fotos con su perrita Daysi, de un año, que estaba tan nerviosa que temblaba en sus brazos.
"Está asustada", dijo Piedad y nos pidió licencia para retirarla de la sesión fotográfica. A Omar Batista y a quien esto escribe, nos contó de cómo a los cuatro años partió para Argentina. Allí empezó el peregrinaje...
"Vas dejando pedacitos tuyos en todas partes. Al principio no es fácil. Pero, una vez que lo asumes..."
Si escribía bien, no lo sabía; tampoco, si lo hacía mal.
"Escribía para mí. He ido dejando cosas. He ido botando escritos. Nunca pensé en escribir para la posteridad. Lo hacía para sentirme bien. Porque me gustaba".
Hasta poesía escribió.
En la adolescencia se refugió en la literatura. Crecida en un hogar humilde, mal podría tener una biblioteca para ella solazarse en la lectura. Iba a la biblioteca pública. Devoraba libros.
Se lamenta de que en Panamá no tanta gente como debiera haga uso de los servicios de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero.
"Tienen una biblioteca maravillosa", dijo refiriéndose a ella y su mente vuelve al pasado. "Mi papá me suscribió a una casa de Buenos Aires desde donde me mandaban libros".
Eran biografías. Ella las esperaba con ansias. Como el coronel de Gabriel García Márquez, que no tenía quien le escribiera, pero iba religiosamente a buscar una carta que nunca le llegó.
Eran biografías, de Juana la Loca, de Miguel Ángel, de Leonardo Da Vinci...
"Yo leía las cosas más insignificantes de la vida de esta gente. Me entretenía". Entonces, escribía, escribía y escribía.
Ella escribía. No para publicar.
Ya más grandecita, sus amigos le decían: "Publica, ¿por qué no escribes un libro? Pero, "no me parecía necesario. Escribir lo veía como una necesidad personal". Entonces, yo les decía a ellos sobre mis escritos: "es que los tengo que revisar. Que corregir".
Ahora sí, cruzó el umbral de la indecisión. Nos entrega 13 cuentos en "Cuentos cortos para gente larga": Lucía, La amistad, Lo que no se habla, El maniquí, Conjuros para el amor, Jaque a la reina, El robo, La alcancía, El idiota, Alternativas, La ventana, Morir en Bagdad y El presagio.
No se dejen asustar por el 13. Vale la pena entrar al mundo literario de la mano de Piedad.
Un amigo suyo, "Neco" Endara, le dice: "tienes que seguir escribiendo y publicar".
"Estoy escribiendo una novela y ya me empecé a emocionar", concluye.
Nos despedimos de ella luego de que posó junto a unas esculturas de papel de Don Quijote y Sancho Panza, con la seguridad de que su peregrinaje por la geografía de la literatura apenas empieza.