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Una flor entre las grietas


No es fácil tener solo diez años, ser extremadamente curioso y antojadizo, tener opiniones propias muy firmes y no dejarse enredar por las cosas que no se entienden o que al parecer no tienen remedio. Pero así mismo, era mi hermano a esa edad. Yo le llevaba seis años y, como niña, era evidente que tenía otros gustos y distintos intereses, pero me encantaba su manera de ser y procuraba siempre que fuera posible seguirle la corriente.

Danny se pasaba buena parte del día queriendo saber el por qué de los hechos, con pelos y señales, y a menudo daba su opinión sin que nadie se la preguntara. Y eso ocurría porque, sensible como era, todo, absolutamente todo, le llamaba la atención; y a veces, con la mayor inocencia, hacía preguntas de lo más indiscretas. Demasiado. Pero él era así, y yo lo amaba más por eso.

Un día, cuando lo llevaba caminando a la escuela –vivíamos cerca- Danny dio un súbito salto y se detuvo. Se quedó mirando hacia el suelo. Se agachó de pronto y yo, curiosa, lo imité. En el piso, entre las grietas, en un pasaje rugoso casi pegado a la pared de una casa, sobresalía una curiosa y desprotegida flor morada. Su tallo era espigado, verduzco, frágil. Era difícil entender cómo podía vivir en ese sitio pedregoso, seco, en medio del inclemente verano.

 

-¡¿Qué hace aquí esta flor?! –me preguntó asombrado mi hermanito.

Y en seguida añadió: –Casi la piso.

- No lo sé- dije. – Es un sitio un poco raro para que viva una flor.

 

-¡Bien raro! –aseguró.

Pensando llevar la a casa y ponerla en agua, hice un gesto para arrancarla de ese sitio, pero agarrándome la mano Danny me lo impidió.

Déjala ahí – exclamó. – Si ha logrado sobrevivir, este es su hogar.

 

En ningún otro lugar estará mejor.

No me preguntaba, me lo decía con la mayor convicción que le había escuchado hasta el momento sobre cualquier asunto. Nunca olvidé esa escena, la innata sabiduría que demostró ese día Danny. Sobre todo cuando, poniéndose de pie, y antes de que siguiéramos nuestro camino hacia la escuela, concluyó: - ¡Tal vez la vida debe abrirse paso en el mundo así, sin dejarse de nada ni de nadie!

Hasta el sol de hoy no puedo creer que Danny hubiera dicho una frase como esa a los diez años de edad, frente a una flor que se daba mañas para ir creciendo en un piso de concreto. Fue una premonición, porque a pesar de que padeció después varias enfermedades y finalmente un desafortunado accidente que terminó incapacitándolo parcialmente, mi hermano nunca se dejó vencer por la adversidad. Salió adelante a su manera, luchando siempre contra los obstáculos.

 

Fue un digno ejemplo para todos en la familia, para sus numerosos amigos y para la comunidad que lo eligió, hace algunos años, para que fuera su Alcalde. Hasta que ya muy mayor, pasó a mejor vida.

Panamá, 26 de febrero de 2011

*Este cuento forma parte del libro del mismo nombre, publicado en Panamá este año por Piggy Press, y que será presentado en agosto en la Feria del Libro por los escritores: Ariel Barría Alvarado y Lissete Lanuza Sáenz.


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714020
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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