Corría el verano de 1990, su Majestad el Béisbol, el deporte número de los panameños, estaba en plena efervescencia. La incipiente democracia nacional dio paso al frenesí aparecido por la intensa disputa de las novenas que participaron en el cuadragésimo séptimo campeonato mayor.
La presencia de grupos disidentes y rebeldes en las dos ciudades que atraviesa el canal, Colón y Panamá, producto de la intervención armada del 20 de diciembre de 1989, provocó que la Federación Panameña de Béisbol vedara los coliseos de ambas provincias. Sólo en el interior se jugarían los encuentros.
Nadie se imaginaría que, una vez iniciado, el certamen sería declarado desierto por incidentes ocurridos en el último juego de la serie final, y por la actitud intransigentes de las ligas de las provincias que accedieron a esa instancia.
Por primera vez en la historia la Gran Final, que se jugó al mejor de cinco cotejos por razones de tiempo y dinero, se definiría por sucesivos Clásicos de Azuero.
Herrera y Los Santos se dispusieron a celebrar una de las finales más esperadas entre los amantes del deporte del bate y la manilla, con la misma intensidad que lo harían Chiriquí y Panamá Metro.
Herrera tomó la iniciativa y ganó el primero 4-1; Los Santos cobró venganza la noche siguiente y dejó el tablero 4-3 a su favor. Se volvió a repetir el ciclo, los herreranos se colocaron a la puerta del cetro al vencer 7-4, pero sus rivales forzaron el definitivo quinto juego al triunfar 14-10.
Hasta aquí, no ocurrió ningún incidente que detuviera el normal desenvolvimiento de la final. Todo surgió y acabó el domingo 6 de mayo de 1990.
Como la FEDEBEIS no definió la sede del cotejo decisivo, el azar sí lo hizo, resultando favorecido el Olmedo Solé de Las Tablas.
Lleno a totalidad, los árboles y el cementerio adyacente al coliseo santeño estaban repletos de fanáticos que no se cansaban de corear el nombre de su provincia agregándole el sustantivo de "Campeón".
Pero la realidad fue otra. Ya a la altura del cuarto capítulo los visitantes se habían apoderado del Solé. El factor público jugó un papel desafortunado en adelante.
Como si de repente los herreranos se convirtieran en los mal recordados "doberman", de las graderías comenzaron a tirar toda clase de objetos, como si con eso favorecieran a su equipo, lo que obligó a suspender el partido no menos de tres ocasiones.
Entre altos y bajos, el juego continúo; en el sexto capítulo Los Santos repostó colocando el marcador 15-11, todavía favorable a Herrera, que buscaba el tercero consecutivo.
El público enfurecido y la andanada de objetos en su apogeo obligó el retiro herrerano por las mismas causas que la FEDEBEIS decretó vedado el Juan Demóstenes Arosemena y el Roberto Mariano Bula: "falta de seguridad".
Posteriormente se escucharía por la radio la voz del árbitro jefe, Jimmy John, que decía: "En 1990 no hay campeón y el partido queda cancelado".
Todo tipo de intento se hizo por realizar nuevamente el encuentro. La FEDEBEIS escogió el sábado 12 de mayo para hacerlo efectivo en el JDA, pero Carlos "Tito" Afú, presidente de la liga de Los Santos, no dio su brazo a torcer: pretendía no sólo que el equipo fuese "local", sino también la sede.
Los Santos elevó un recurso de apelación a la orden de la FEDEBEIS, que nunca procedió.
Nunca los amantes del béisbol podrán olvidar aquella noche, que firmó uno de los capítulos más negros de su historia.