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Una lupa, para un nuevo quinquenio


Juan Carlos Tapia tiene razón. Es muy temprano para que los seguidores de la alianza ganadora Patria Nueva afirmen: Sí se pudo.
Es evidente que ellos se refieren a la victoria electoral, en tanto que el señalamiento del conocido hombre de boxeo posee un aliento de más alcance, quinquenal.
A diferencia del boxeo, donde el triunfo define la contienda, en política la victoria sólo es punto de partida para el proyecto publicitado, y que bien merece la pregunta: ¿Se podrá?
¿Se podrá imponer, por ejemplo, cero corrupción en un país donde importantes sectores están cuestionados a partir de este flagelo?; ¿se podrá convencer a un importante sector de la sociedad que la confrontación y el rencor son los peores enemigos de los intereses nacionales?; ¿se podrá convencer a los partidarios del juega vivo sobre lo nocivo de esta subcultura?. O al menos...¿ se podrán sentar las bases para luchar férreamente contra ellas?
A escasos 15 días de las elecciones generales ronda la incertidumbre, se afianzan las expectativas y muchos son los que intentan dibujar a grandes rasgos el panorama que espera al país.
Si estamos de acuerdo en que las elecciones expresan tendencias específicas en cuanto a lo que el electorado desea y espera de sus gobernantes, la votación del dos de mayo aparece como un discurso elocuente.
¿Pero en qué escenario y con qué consecuencias?; cómo interpretar tan abrumadora votación, sin dejar de considerar aquélla afirmación de que las masas solo se sienten atraídas por aquel que las interpreta de mejor manera.

Si estamos de acuerdo en que las elecciones expresan tendencias específicas en cuanto a lo que el electorado desea y espera de sus gobernantes, la votación del dos de mayo aparece como un discurso elocuente.
La posibilidad de que las formulaciones se materialicen depende en gran medida de lo que reclama la sociedad, por lo que sería un error tomar a la ligera su opción en las urnas. Los resultados no solo respaldan un proyecto, también proponen una agenda.
La culminación de todo proceso electoral supone nuevas manifestaciones políticas y conductas en la correlación de fuerzas; por lo tanto la demanda que se desprende del electorado puede ser proporcional a la votación alcanzada, aun cuando no refleje la composición y los intereses de los sectores más ifluyentes de la vida nacional.
Es una realidad que reacomoda y asigna a ganadores y perdedores, nuevos roles a partir de sus propias estructuras. ¿Cómo podría ser en lo venidero?
La experiencia reciente indica que hay elecciones que se ganan en las urnas y se pierden en la dirección del Estado, y eso no depende únicamente de las virtudes o defectos de quien dirige, sino de los roles de quien adversa, de quien interprete con mayor sabiduría la inclinación y las expectativas del electorado. He allí los resultados recientes.
Se puede decir, sin que sea una aventura, que en los comicios del pasado dos de mayo, que además de los votos conquistados, los aportados por el descontento con la administración que termina, han colocado a Martín Torrijos, a su Partido y a la alianza que encabezó, en el centro de una heterogénea suma de expectativas, donde la agenda a desarrollar y el equipo de dirección que organice podrán dar pistas sobre el rumbo que pueda tener el país en los próximos cinco años. No es un cheque en blanco, lo más importante es que depende del grado de confiabilidad y transparencia con que se conduzca.
Es una posición que requiere autoridad y confianza, apoyo y seguridad, y va a exigir un arte de dirección que, sin dudas, estará sometido al más detallado y cotidiano de los escrutinios, no solo por los compromisos asumidos por quien es ahora el presidente electo de Panamá, sino por los traumas, las frustraciones y el escepticismo de una sociedad que, en los últimos años ha tenido en su clase política, llámese gobierno u oposición, a exponentes reiteradamente cuestionados. Es mucho lo que el país espera del equipo que se posesiona en septiembre.

Ante todo credibilidad. No se trata solo de que más de 700 mil panameños votaron a favor del proyecto "Patria Nueva", si no de lo que rechazó esa masa: la incultura del juega vivo, la sorna y la impronta del rencor, el abandono, el desempleo, el cinismo como categoría política, y la mentira.
Cualitativamente se diría que la sociedad panameña parece más interesada en superar un estadio de confrontación e infortunio, que, basado en la vieja lucha del civilismo vs el militarismo, parece haberle hecho más daño que bien. Una confrontación que erosionó confianzas, que produjo agendas paralelas aunque se estuviera luchando por lo mismo.
Ni hablar del borrón y cuenta nueva, porque más somos los que coincidimos en que es imposible olvidar si se quiere escribir la historia. Las elecciones del dos de mayo evidencian la necesidad de establecer una nueva relación entre panameños a partir de la confianza mutua, del cumplimiento en la palabra empeñada, de la credibilidad.
Pero la credibilidad posee ante todo, como base, la capacidad de la consulta, el establecimiento de agendas comunes, de ejercicios sostenidos en bien del país, en una palabra, hacer del consenso un método, para producir resultados de Estado. Una lectura de la inclinación del voto mayoritario parece apuntar en esa dirección.
Ante todo justicia social, a partir de la certeza de que la pobreza es un cáncer que nos amenaza a todos, y de que invertir en combatir la pobreza es un seguro de vida para nuestra sociedad, inmersa como está en un escenario regional de guerras y descomposiciones sociales que amenazan con la paz y la seguridad. Justicia social a partir de las políticas de Estado y los compromisos internacionales. Justicia social y perfeccionamiento de nuestra independencia, como nación soberana.
Ante todo madurez democrática. La sociedad panameña exhibió en estos últimos comicios una inclinación precisa, aspiraciones concretas y la más alta votación que se recuerde. Es decir una evidente intención de participación. Curiosamente orientó su intención de voto, allí donde encontró mayor recepción, hacia la alianza opositora.
Hasta ahora los pronunciamientos del presidente electo Martín Torrijos Espino, antes y después del triunfo, han hecho evidente su intención de poner en marcha un programa para transformar este país. Seguramente se podrá, si considera los elementos antes señalados.

 
Una lección especial, en ese sentido, se desprende de la tragedia de la alianza de gobierno, Visión de País, cuyos partidos integrantes, una vez han pasado los comicios han corrido a hacer correcciones, y a hablar de mayor democracia interna, lo que implica necesariamente una modernización de sus normas.
Se diría que han comprendido que de no hacerlo cercenarían sus propias posibilidades de incidencia e influencia en la actividad política nacional.
Esa democracia interna es un componente básico en toda sociedad que madura, y que cada vez que se ha tratado de obviar ha producido estruendosas catástrofes políticas.

Muchos mitos parecen haber sucumbido el pasado dos de mayo. Nuevos reagrupamientos se presentaron en la escena, y un nuevo discurso político va cobrando hegemonía.
La preocupación por la solución a los principales problemas sociales, el perfeccionamiento de la democracia, la transparencia en la gestión pública, el debate libre de prejuicios y la consolidación de las instituciones, entre otros puntos, integran una agenda a la cual la mayoría de los panameños prestan su atención.
Fue, por ejemplo, lo que la dirección de campaña del expresidente Guillermo Endara entendió en el curso del torneo electoral, y lo que, a vistas está, le rindió muy buenos resultados.
Pese a su procedencia política, el proyecto Endara comprendió que las viejas consignas de los años 80 no palpitaban en lo más sentido del electorado, que hay panameños con urgencias por encima de las manifestadas en el pasado, y que respondieron premiándolo con un segundo lugar en la contienda.
Una posición que hace prever las elecciones del 2009 como un torneo intrincado, dada la manera como se ha potenciado el partido Solidaridad y las inclinaciones evidenciadas esta semana por el banquero Alberto Vallarino y el grupo que apoyó su nómina en 1999.
La clase política debe comprender que estamos ante un electorado exige un nuevo discurso, ofertas específicas, y delinea lo que hemos llamado una nueva calidad de votantes, menos manipulable y con demandas específicas.
Intentar lo contrario es abocarse a resultados adversos.

Experiencias recientes demuestran que un aspecto cardinal de la ejecución lo es la forma como se desarrolle. Martín Torrijos Espino llega a la presidencia del país con un importante respaldo de votos, mantenerlo y acrecentarlo puede ser tarea fácil en la medida en que sus directrices lleven el aval de ese mayoritario sector de la sociedad que lo ha elegido. Alguien ha sostenido: el que más consulta se equivoca menos.
Una posibilidad donde la fiscalización que ejercen los medios de comunicación sobre la vida del país puede servir de aliado decisivo. En la Patria Nueva sería positivo valorar antes que cuestionar, el papel de los medios, la crítica de los periodistas, la colaboración del Estado con los mismos.

 

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153369
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América