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Una madre atormentada

Tal vez no sean peores, pero se puede decir que el adolescente de hoy es muy diferente al de hace veinte o treinta años; aunque hagan casi las mismas cosas que nosotros hicimos en el pasado.


"Si hace catorce años hubiese sabido esto, de seguro no lo intento siquiera", pensaba Carlota.

Llegaré tarde. ¡Que se han creído, no soy esclava de nadie! - exclamó, mientras recorría desaforadamente la avenida que la llevaría unos minutos tarde a la misa. En casa quedaban Miguel, su hijo de 14 años, y José, su esposo.

Durante todos los años de matrimonio, la búsqueda de la fama y la fortuna la habían absorbido. Sin embargo, sintió hasta cierto punto que sacrificaba parte de sus ambiciones. Su interés en participar plenamente en el crecimiento de Miguel, y el deseo de compartir su afecto y dedicación por José la atormentaba. A sus 40, quería desarrollar sus propios intereses y tener un sentido de sí misma basado en sus motivaciones y facultades. No en las de su marido y mucho menos de Miguel. Reconoce que en su adolescencia todos la estimularon a concentrarse en sus estudios, en la relación con un hombre, y en la boda con éste. Su capacidad de preguntarse ciegamente qué ocurre, y que son ellos los que andan mal, la libera de necesidades. - Apúrate Miguel, ya va siendo hora de partir hacia la iglesia -. Pero Miguel encerrado en el baño no respondía. Una y otra vez, le exigía. - ¿Es que no oyes? ¡chiquillo, apúrate!-.

 

En eso, su marido la interrumpe diciéndole: -Calma Carlota, deja al muchacho. Es que no te das cuenta la hora que es, y el muy desgraciado ni siquiera contesta. ¡Carajo! ¡Que te muevas o tiro la puerta abajo! -Por favor, Carlota, calma le decía en voz baja José -. Éste la ama y siempre está preocupado por sus arranques de cólera. Intenta comprender sus dificultades y con el pasar del tiempo se da cuenta lo diferente que era cuando la conoció hace 15 años. La relación entre ambos no evolucionó fácilmente. Todavía era necesario vencer muchos juicios e incomprensiones.

Para ambos la vida social y económicamente es satisfactoria. Ella, a su edad es vicepresidenta ejecutiva del banco más prestigioso en la ciudad. La "mujer de hierro" como la llaman sus subalternos. Pertenece a asociaciones en favor de la mujer y fundaciones de beneficencia. Una mujer a quien muchos admiran por su belleza, hidalguía y don de gente. Además de su elegancia en el vestir, modales al hablar, y principalmente al conseguir con facilidad lo que desea si se propone.

-¡Chiquillo, imbécil, te advierto que si no sales ahora te doy! -. Con furia incontrolada lo llama. Sin darse cuenta tal vez, que estas palabras y otras parecidas rebajan los sentimientos de dignidad del adolescente y así comienzan a brotar en su mente semillas negativas como: "No sirvo para nada" o "Nunca podré hacer lo que mis padres esperan de mí". -¡Carlota, basta, déjalo, iremos después a misa!-  le suplica nuevamente, José.

 

-No te metas, eres igual que él. Es que no te das cuenta que vive metido en el baño por el sólo hecho de masturbarse. Sólo sirve para eso. Es un paria, qué clase de hijo he engendrado, Dios mío, imbécil, mil veces me arrepiento-, decía Carlota. En este momento Carlota podría ser diagnosticada fácilmente como caprichosa, destructiva y colérica... lo era. Vivió toda su vida anterior de acuerdo con las necesidades de otros. Probablemente también pudo ser catalogada de excesivamente dependiente. Hasta este punto había una combinación de enfado y dependencia excesiva. En tal situación, o se deprime cada vez más o aviva otros síntomas psíquicos. Hasta puede caer víctima de las llamadas depresiones involutivas. Es especialmente probable que esto ocurra cuando los hijos, por su propio crecimiento, demuestran que ya no necesitan de su madre.

¿Cómo comprender semejante furia si su único hijo sólo está haciendo lo que le da la gana? Le resultaba imposible reconocer que el mismo niño que anteriormente parecía estar contento bajo su cuidado, ahora comenzaba a causar problemas. Se muestra taciturno, a veces inquieto y se enoja con facilidad. Su mente divaga y no presta atención. Sus ataques temperamentales y sus períodos de indolencia empiezan a causar confusión. Tal vez no sean peores, pero se puede decir que el adolescente de hoy es muy diferente al de hace veinte o treinta años; aunque hagan casi las mismas cosas que nosotros hicimos en el pasado, las están haciendo a una edad más temprana. Salen a citas amorosas a una edad anticipada y conocen aspectos de la vida propia de los adultos con la no debida precaución. Los adolescentes de nuestros días tienen más tiempo libre y menos supervisión que nunca. También maduran sexualmente tres años más temprano que la generación anterior.

"¿Por qué te causa temor que se masturbe?", pregunta José. -. ¡Es que no te das cuenta que en su pasatiempo favorito pierde de vista las cosas espirituales! ¿En qué mundo vives tú, José? Se va a volver loco, sordo y débil. Si mis padres me hubieren sorprendido, tenlo  por seguro que hubiese sido golpeada severamente- Nuevamente Carlota se sentía incómoda. Expresaba temor y angustia al no poder controlar este hábito que quizás sea una manifestación de descontento en Miguel, un síntoma de que algo no anda bien en su vida. Además, la masturbación durante los años de adolescencia adopta un significado diferente. Ya no es cuestión de curiosidad o de placer infantil. Durante este periodo el adolescente siente nuevas urgencias, estados de ánimo y sensaciones físicas como resultado del despertar sexual.

 

Carlota no se da cuenta que el daño más serio es la culpa relacionada con este hábito. Lo peor es castigarlo, condenarlo o avergonzarlo.

José y Carlota debieran examinar el tiempo que Miguel le dedica al juego, al interés por los deportes, la música, los estudios y, mayormente, si se siente aceptado, amado, apreciado y comprendido por sus padres. Incluirlo en los entretenimientos y diversiones familiares es lo primordial. No hay tiempo de parte de ellos hacia el muchacho. Carlota ejerce un control exagerado sobre Miguel y, por sus múltiples ocupaciones, ambos lo desatienden y el gran peligro es que pueda desarrollar una actitud cruel, egoísta, codiciosa e indisciplinada.

La educación sexual de los hijos es un privilegio como una responsabilidad y debe basarse en argumentos humanos que cambien con los tiempos y todo padre debe estar preparado para afrontar esta práctica. Además, los padres de hoy necesitan un cambio y sin embargo siguen confiando en los mismos métodos para criar a los hijos y resolver los problemas familiares que utilizaban sus padres y abuelos. Tal vez, no saben que las ciencias que se ocupan de la conducta humana han reunido un gran caudal de información acerca de las relaciones interpersonales, la motivación y la comunicación. Dedicarles el tiempo adecuado y justo, y la aplicación cuidadosa de los principios morales y éticos son una herramienta eficaz para lograr este objetivo. No sólo basta esto; hay que hacerlo con amor: la clave del éxito.

 

En casa, José escucha que se abre la puerta del baño. Se acerca y observa a Miguel en completa sudoración, y apesadumbrado le pregunta: "¡¿Qué haces con mi arma, hijo?!" Éste, con voz entrecortada, le contesta: -Tómala, papá... esta vez no tuve la valentía de arrancarme los sesos-, dijo el muchacho.

Cuantas más experiencias positivas se pongan al alcance de los hijos y mientras más positivas sean las reacciones que reciban de sus progenitores, tanto mayor será la posibilidad de que aprendan que son personas valiosas y adecuadas. A veces nos preguntamos si los padres perciben la rebelión como una experiencia positiva o negativa en sus vidas. Por lo general, la respuesta es que la rebelión es una experiencia negativa y de resistencia o de rechazo a la autoridad.

Cuando el adolescente se aproxima a la adultez comienza a emanciparse de algunos valores de sus padres, de sus ideas y controles y empieza a establecer sus propios  límites. Este es un procedimiento positivo: el procedimiento de establecer su propia individualidad, sus principios éticos, sus valores, sus ideas y sus creencias; por su relación con una madre que no reconoce que la reacción de su hijo no es una actitud personal contra ella, sino parte de un proceso normal que se está desarrollando en su interior.

Los problemas del mundo adulto complican más la situación. Aquel adulto que no puede hacerle frente a sus propias dificultades, no está capacitado para enfrentarse con los problemas que surgen en la vida del miembro adolescente de la familia. Estimado lector, si esta situación describe parcialmente su relación con sus hijos, cálmese, porque es una actitud normal. Todos los hijos, en una u otra forma, expresan su rebelión contra los padres. En el caso de Miguel, la ayuda profesional de un especialista en la conducta humana es la elección correcta. Lo mismo para su madre.


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427342
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América