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¡Una madre como esa!


Era un barrio de esos que ya casi no existen. Las casas de madera daban la impresión de estar arrimadas unas a las otras como sosteniéndose. Entre casa y casa estaba el camino de servidumbre conocido como zaguán. El zaguán o vestíbulo daba al patio comunal interior y algunas noches servía de escondite a los ladronzuelos. En otros momentos, en el mismo lugar, una pareja apasionada y muy apretujada gemía de placer. Uno aprendía a ver sin preguntar para evitar problemas. Cuando en una ocasión un muchacho se enfrentó a la policía a balazos, mi madre nos prohibió salir del cuarto al anochecer.

El sueño de mi madre era que saliéramos del barrio. Vivíamos de lo que ella ganaba con trabajos diarios que hacía en casas de familias acomodadas; regresaba temprano y estaba atenta al cumplimiento de nuestras tareas escolares. Mi hermano asistía a la primaria y yo cursaba el quinto de secundaria.

El baño comunal nos quedaba frente al cuarto y, entre ambos, el piso con un limo verde que se extendía insolente y resistía, de manera inexplicable, a cuanto limpiador se usara. Mi madre aborrecía el limo; por mi parte, detestaba la obligada fila para utilizar el baño. Existía un arreglo implícito: a las cuatro de la mañana se bañaban los obreros que pronto saldrían para sus trabajos y a las cinco iniciábamos los estudiantes.

 

Sale un descarado en calzoncillos, toalla al hombro, y lo miro mal a propósito. Pero le sonrío a Pablo, quien siempre está de buen humor:

¡Que las mujeres se bañen juntas y así apuramos! —dice Pablo.

¿Y tú con cuál de los hombres de la fila te metes en el baño?

 

—Suave, Carmelina —y nos reíamos.

Carmelina y Pablo eran mis amigos. Habíamos compartido muchos “raspaos”. Pablo tenía una manera de mirarme que me derretía; era más alto que yo y poseía una sonrisa contagiosa. Él hablaba: “el man”, “dizque”, “tú saes”, y esas maneras de la gallada que ofendían a mi mamá. Sabía hablar correcto cuando era necesario, como frente a los “profes”. ¿Y qué tenía de malo que me gustara Pablo, aunque hablase de esa manera? Por eso, salir del barrio era difícil, porque las costumbres se pegaban como lodo en los zapatos..., abrigaban nuestros hombros…, se volvían parte de uno. Te sentías parte de algo.

Una vez, la vecina de al lado le daba correazos a un hijo; entre quejido y quejido del muchacho, la mujer desgranaba su amargura: tu padre es un borracho, se juega la plata en el hipódromo...

 

Me encogí temerosa y miré a mi madre, que me correspondió con una mirada que tenía algo especial. Sentí entre nosotras un cordón invisible que nos unía. Ambas soltamos las lágrimas y me dijo con firmeza:

- ¡De aquí nos vamos!

Uno de los pasos que dio para cumplir su sueño fue obtener un trabajo con mayores ingresos. No importa cuánto dinero trajera mamá a la casa, el hecho de que muchas veces laborara horas extras significó más responsabilidad para mí: limpiar la casa, atender a mi hermano... Y, a su vez, me dio más libertad para compartir con amistades del barrio y acercarme más a Pablo. Pronto, sin darme cuenta, era yo la que estaba apretujada en la pared del zaguán.

 

Mamá ahorraba todo lo que podía. A nosotros nos compraba zapatos, pero los de ella los cambiaba cuando ya no daban más. No compró muebles nuevos para Navidad, a la usanza de los vecinos; era perseverante en su determinación. Un día nos contó que había visto un terreno por Villa Grecia, a una hora de la ciudad. En ese lugar, decía, pueden jugar los niños, tener un jardín... Esos temas que eran nuestra conversación de todos los días se fueron alejando de mí. Pablo llenaba mi vida entera.

Para mi madre no pasó desapercibida mi relación con él: lloró, protestó y aconsejó. Él se había graduado de secundaria y trabajaba en una compañía constructora. A ella eso no la complacía. Creo que ese hecho determinó que con los pocos ahorros que poseía comprara el terreno en Villa Grecia. En poco tiempo -nos dijo - construiré una casa.

La vida continuó como el viento; en un mes sería mi graduación. Fue entonces cuando el nuevo ser que bullía en mí afloró: vomité hasta el cansancio. El doctor que me examinó se lo dijo a mi madre como si fuese un veredicto:

- ¡Va a ser madre!

No tenía valor para mirarla a los ojos. Cuando lo hice, la vi como si fuera la primera vez en mucho tiempo: su apariencia era la de una mujer envejecida. Quizás por eso no hubo regaños ni quejas. Sus palabras me hicieron entender mi propia existencia: eres otro eslabón de esta cadena que sólo será rota si salimos de este barrio.

Ella, Pablo y yo conversamos largamente: luego de graduarme, y si Pablo encontraba un cuarto para mí y el hijo por nacer, nos casaríamos. Seguí viviendo con mi madre, que sostenía lo mejor que podía su frustración; y él con sus padres. Hacia el séptimo mes de mi embarazo, Pablo empezó a desaparecer los fines de semana, lo que me produjo grandes enojos, pero mi madre me aconsejaba paciencia por el bien de la criatura. Aunque ocurrieron algunas discusiones, los consejos de mi madre y el buen humor de él me animaban al perdón y a la reconciliación.

Un día, de esos que se vuelven fecha importante para una madre, el bebé decidió nacer. Fue una alegría con cierto sabor amargo: no habíamos logrado mudarnos y sentía un poco de vergüenza ante mi madre. Sin embargo, en esos momentos tan difíciles, su mirada me animó y su abrazo me reconfortó.

Al salir del Hospital, el taxi tomó un rumbo distinto al camino hacia el viejo barrio. Pablo se mostraba feliz, haciendo bromas; era mi Pablo de siempre, el que yo amaba. Mi mamá sonreía ante las ocurrencias del padre de mi hijo y, además, atenta explicaba la ruta al taxista. Fuimos directo a Villa Grecia. Llegamos a un lugar donde había verdor, papos y árboles de mango; una brisa fresca saludó a mi hijo.

Las casas estaban separadas unas de las otras, algunas en construcción y otras ya edificadas. Pablo, me contó todo: mi madre le ofreció el terreno que había comprado y propuso que él y sus compañeros de trabajo construyeran las habitaciones más necesarias para una casa.

¡Por eso desaparecía los fines de semana! Las lágrimas me impedían ver. Era una casa tan pequeñita, ¿cuántos cabríamos allí?

Llorando me dirigí a mi madre: - Este era tu sueño, ¿dónde vas a vivir tú?

Y llena de vida, irradiando una vitalidad contagiosa, me contestó:

-Tú serás la primera en salir del barrio. ¿Recuerdas el día que la mujer le pegaba a su hijo? En ese instante yo pensaba: ¡No quiero que mi hija llegue a ser una madre como esa!


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434411
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América