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Una ‘maestra’ me tomó el pelo

Una dama de semblante pesadumbroso me sorprende en medio de un centro comercial. Sigilosamente se me aproxima por la espalda mientras camino distraídamente, pero pensando en todo


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Una dama de semblante pesadumbroso me sorprende en medio de un centro comercial. Sigilosamente se me aproxima por la espalda mientras camino distraídamente, pero pensando en todo y, a la vez, en nada.

Toca mi hombro y cuando me detengo, se mueve a una posición que le permite encararme. Se trata de una mujer negra de unos 55 años, calculo. Viste un traje color café y lleva guindado al hombro un bolso en el que pueden caber dos bloques de cemento de cuatro pulgadas. Sus zapatos son negros, nada modernos, pero van acorde con su imagen de doña.

Mientras la reparo, me mira con ojos desesperados y, sutilmente, se cuelga de mi brazo como para no dejarme ir. De repente comienza a descargar una avalancha de infortunios que la aquejan. Antes, me hace saber que es maestra y me descubre que es colonense.

Un agente de seguridad nos observa; nunca nos quita la mirada, pero no se mete. Para qué iba hacerlo, si solo era una conversación entre una mujer y un hombre que posiblemente eran conocidos o parientes.

En menos de dos minutos me entero de que, además de ser C3 y servir a la educación, a esta mujer la había dejado el bus que debía llevarla de vuelta a Colón y que en su inmensa cartera no había ni un peso. En ese momento comencé a entender cuál era mi rol en esa escena. Al parecer, ese mediodía mi pinta de buen samaritano estaba a flor de piel.

Después de explicarme que su marido vendría desde Colón a salvarla, se sintió en confianza y me dijo que no podía aguantar ni el hambre ni las ganas de volver a su patria chica y que dos dólares bastarían para que el alma le volviera al cuerpo.

A decir verdad, no tengo idea de cuánto vale un pase desde El Dorado a Colón, ni me imaginaba qué comería con dos palos, pero mi corazón ya estaba lo suficientemente ablandado como para no dejar desamparada a esta mujer; después de todo, podría ser mi tía.

Sin darme cuenta, deslicé mi mano izquierda en el bolsillo y saqué un “Washington” y un “Martinelli” y se los entregué. Le escuché darme las gracias casi murmurando. Se aferró a esos dos dólares como si fueran su tabla de salvación, e inmediatamente se aproximó a donde estaba el guardia de seguridad, quien, con una sonrisa sarcástica clavó sus ojos en su bolso para cerciorarse de que no había nada. Después, abrió la puerta para que las luces y las tragamonedas del casino se los engulleran a ella y a mis dos dólares.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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