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Una tormenta de cariño

No quedan dudas: el pueblo panameño necesitaba un triunfo como el del saltador colonense.


El cielo lloró, sí. Rompió a llorar de alegría, de incredulidad, cuando Irving Saladino puso sus pies sobre el terruño, sobre la patria pequeña, aquélla que explotó de alegría al ver al hombre que un día de agosto, le dio lustre y la distinguió con un salto mágico, certero y exquisito hacia la gloria.

Una vez se asomó entre las grisáceas nubes el avión presidencial HP-1A -en cuyo interior estaban el mandatario Martín Torrijos, y Saladino, entre otros- una tormenta de júbilo y cariño se desató en la tierra, en los alrededores del Aeropuerto Marcos A. Gelabert.

 

Bajo la lluvia, unos coreaban el nombre del mejor saltador del planeta, otros lloraban, otros buscaban una manera, un instante, a través del cual acercarse al ídolo soñado, de carne y hueso, al que casi se hacia imposible llegar por el feroz dispositivo de seguridad.

"Olé, olé, olé, Irving, Irving", cantaba un grupo de personas, agradeciendo al olímpico dorado el éxito logrado.

Saladino, ante el aluvión humano que lo acosaba para arrancarle autógrafos, se mostró siempre humilde, intentaba responder a cada pregunta, complacer a todos, algo que le era imposible.

 

Y llegó la hora de las distinciones, de los halagos y de los discursos. En la tarima ubicada en las escalinatas del edificio de la Administración del Canal de Panamá, a Irving le fue entregado un cheque por la suma de B/.50 mil por parte del Gobierno Nacional y un pergamino donde, oficialmente, la futura Ciudad Deportiva, en Juan Díaz, pasa a tener su nombre.


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401594
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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