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Varias crónicas, un hilo conductor

A media tarde del lunes de esta semana en un barrio citadino, un niño de 13 años transita por las calles del residencial, montado sobre una bicicleta.


A media tarde del lunes de esta semana en un barrio citadino, un niño de 13 años transita por las calles del residencial, montado sobre una bicicleta. Después de salir de una abarrotería, intenta retomar su camino con destino a casa, pero había alguien que tenía otros planes. De repente, otro mozalbete, uno o dos años mayor que él, le salió al paso, pistola en la mano, y le exigió que le entregara la bicicleta.

Es martes. Otro joven panameño se apresta a esperar un transporte pirata en Calidonia para trasladarse al oeste de la ciudad. Son las 4 p.m., el sector es un hervidero de gente. Cual vaqueros, sin ley ni orden, y también con armas en mano, dos jóvenes se le aproximan por ambos flancos y le interrogan sobre a qué pandilla pertenece. Asustado y desconcertado, les dice que no convive con vándalos y que sus ocupaciones consisten en trabajar de día y estudiar por la noche. Ellos insisten en el interrogatorio y él no cambia su versión. Evidentemente no estaban seguros de que se tratara de la persona que estaban cazando.

Hay testigos del episodio, pero se hacen de la vista gorda. Afortunadamente, una patrulla de la Policía pasa por el lugar, los malandrines se ven obligados a bajar la guardia y la potencial víctima logra escabullirse y salvar la vida.

 

Miércoles. Son las 12:30 p.m. Un señor desciende de su autor sedán para comprar víveres donde el “chinito”. Un joven, todavía con cara de bebé, le monta guardia. Espera que “el viejo” salga y se apreste a montarse en su vehículo para encañonarlo y despojarlo de todo. También hay testigos; todos saben que así opera ese bandido porque lo ven todos los días, es su “vecinito”, pero en estos casos es mejor acogerse al código del silencio.

Colón, cualquier día de la semana. La violencia parece ser la carta de presentación de la otrora Tacita de Oro. Las balas suenan con la misma frecuencia que los pitos de los automóviles y la sangre corre y sube como la marea del mar Caribe que baña las costas de la norteña provincia, la cual parece invadida por una peste que está acabando, principalmente, con su gente joven.

Historias similares, pero con finales trágicos se repiten a diario en San Miguelito, Juan Díaz, Tocumen y Arraiján, pero se están extendiendo hacia las provincias, incluso, ya la sangre se ha derramado en la frontera.

 

Se trata de situaciones tristes porque en la mayoría de ellas se involucra a gente joven. Hay que parar esto.

El país crece, está hermoso, pero no debe permitir que una parte de él, la más vulnerable, siga pudriéndose. Paremos esto antes de que siga haciendo metástasis.


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866007
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América