“ ... al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo” José A. Méndez (La gloria eres tú)
Estábamos en un cabaret en la Avenida más larga de la bolita del mundo: Insurgentes, en ciudad de México. El maestro de ceremonias anunció: «Ahora con ustedes La Reina de la canción María Luisa Landín». Julito Z. me dio un codazo al tiempo que decía: «Cierra los ojos, Neco, a esta hay que oírla, no verla». ¡Qué equivocado estabas, amigo mío! A María Luisa había que verla, sobre todo si iba a cantar “Amor perdido”. Si hubiese cerrado los ojos, hoy no podría evocar su musical imagen interpretando como nadie su canción, su himno de batalla.
El bolero, y cualquier canción, gana si el que la interpreta le pone algo de su espíritu. Asumamos que una buena voz esta fuera de discusión. Sin ella, mejor borrar la partitura. Pero si, además de voz, el artista, haciendo honor a su vocación, le mete más arte, es decir, le añade teatro, gestos, inflexiones dramáticas o sensuales, yo diría que ganamos los que la vemos y escuchamos.
¿Quieres un ejemplo más que gráfico? Ahí tienes a Olga Guillot, desaparecida mas no olvidada. Olga era una que inyectaba una vibrante dosis de lenguaje corporal a su exquisita voz. Algo muy suyo era poner a temblar los dedos de sus manos con la vibración de sus cuerdas vocales. En esos dedos estaba la floritura, la melodía bailarina, la picardía coqueta, el adiós burlón, el reconocimiento de su entrega, la mentira, la verdad. Olga era toda ella una canción. Vivió metida en la letra de cien boleros. En su cálido y ancho pecho se alborotaban toda clase de sentimientos. Y cuando cantaba ante su público, allá les va eso. Voz, sentimiento, estilo, drama, y esa garganta con sus tonos sospechosos, vacilantes, de gata enamorada. ¡Vaya canela. Olga!
Que otros gocen viendo cantar a un poste. A mí déjenme con el recuerdo de Olga, que, además de voz, era brazos, caderas, pestañeo, y conjuros de notas negras.
No tengo que poner a funcionar mi viejo tornamesa con los polvorientos larga duración de Olga Guillot. Ahora, mientras escribo, puedo no sólo escucharla sino también verla por el inagotable y maravilloso depósito de You Tube.
¡Banquete me estoy dando! “Tú me acostumbraste a todas esas cosas”. “Qué sabes tú lo que es pasar la noche en vela”. Y cuando se dispara: “Siempre fui llevada por la mala...”, se me erizan algunos de los viejos pelillos de mi catártica perversidad.