Por estos días la lectura y la reflexión, casi olvidadas prácticas humanas, debían, como un acto de fe y renovación, volver a hacerse costumbre. Entre los pecadores me incluyo, y decidido me fui a elegir lectura para estos días aciagos en que volver, tradición es tradición, a colgar en el corazón, que es la víscera del Amor, al Cristo de nuestros ancestros.
El inmenso Gibran desde su humilde y profunda palabra me ha sido propicio con su trabajo Jesús, el hijo del hombre. La pieza, una especie de “quinto” libro de los apóstoles, narra a través de la vida o del accionar de diversos personajes que rodearon al Maestro de Judea y se cruzaron en su camino desde Belén hasta “El Lugar de la Calavera”, en Jerusalén.
Capítulo tras capítulo, el autor de “Alas rotas”, “El Loco” y “El Profeta” nos muestra al Glorioso iluminado de Judea desde los ojos de sus vecinos, para luego, seguramente, después de un largo ensayo de lectura experimental presentarnos a los mismos vecinos veinte y hasta treinta años después de la Resurrección.
Hay un personaje entre todos, digno de destacar… a veces creo que Simón, el Cireneo, es una metáfora del Hombre. Eso de cargar la cruz de un Dios se dice fácil, pero ponga usted el hombro y déjese caer con el peso del madero de “álamo remojado por las lluvias del invierno” a ver qué le dicen sus rodillas.
Narra Simón, en la tinta de Gibran: “… colocó su mano sobre mi hombro libre y caminamos…” y añade: “yo ya no sentía el peso de la cruz, únicamente sentía su mano, que era como el ala de un ave sobre mi hombro”.
El personaje, testigo, testimonia, según su parecer, que Jesús buscaba los clavos “como un príncipe el cetro; sus miembros no temblaban bajo el rudo golpe del martillo y suplicaba ser elevado a las alturas”. Contrario a los actos de contrición que se hacen por estas fechas, Simón dice: Mi corazón no pensaba en compadecerle, porque yo estaba completamente maravillado.
Mi lectura del poeta libanés, como debe ocurrir, me conduce por la vía dolorosa, pero no como camino de sumisión y muerte; como ruta de coraje y liberación. Sin humanar al Nazareno, ni sublimarle, no quiero ser Barrabás, quien vivió crucificado toda su vida. Me quedo con Simón: “Todavía siento su mano alada, aquí, sobre mi hombro izquierdo”.