Dos veces en mi vida he sentido una emoción parecida a la que debió sentir el científico que descubrió el celacanto en las aguas del océano Índico.
La primera fue en 1967, en un barco turco procedente de Estambul que abordé en El Pireo. Me senté cerca de un matrimonio anciano cuya conversación parecía sacada de las páginas de “La Celestina” o del “Lazarillo de Tormes”. Eran judíos sefarditas que conservaban el castellano que hablaban sus antepasados cuando fueron expulsados de Sefarad el mismo año del descubrimiento de América.
La segunda vez fue varios años después en la península de Azuero. Tuve que viajar a la provincia de Los Santos. Le pregunté a un campesino por el lugar donde iba. Señaló un gran árbol que se veía distante mientras me decía: “¿Vos veis aquel corotú? Pues llegando allá, a la derecha”. En vez de mirar el árbol miré a mi interlocutor para convencerme de que el pantalón de mantasucia que llevaba no eran unos gregüescos ni el machete que colgaba de su hombro izquierdo, una espada toledana, pues no esperaba que un campesino panameño usara los mismos términos que los personajes de Lope de Vega o Calderón de la Barca.