Así contestan las aspirantes a reinas de belleza, a la pregunta de qué desearían, o así nos dicen en las películas que contestan. Lo cual es lo mismo, porque ya sabemos que hoy en día si algo no aparece en una pantalla, no existe. Solo cuando aparecen las cosas en cualquier de las pantallas que nos rodean, cuando vemos el video en un enlace por Facebook, o nos mandan la captura de pantalla por Twitter, entonces sí. Entonces es real. Así sabemos que un fanático le pega un tiro en la cabeza a un enemigo caído o que unos seres humanos son capaces de quemar vivo a otro.
Nos echamos las manos a la cabeza y lloramos y nos preguntamos que “cómo es posible que a estas alturas de siglo...”. Y yo, escuchando a unos y a otros me pregunto que cómo se puede ser tan idiota.
El ser humano no es más que un animal con un ego hiperdesarrollado, que se cree el ombligo del mundo. No ha cambiado substancialmente desde que la rama del árbol de la evolución que se denomina Homo sapiens sapiens surgió del tronco.
Somos lo que somos. No nos extrañemos si hoy en día alguien es capaz de hacer que su hijo le corte la cabeza a un hombre. No hace más que un par de siglos las madres llevaban a sus hijos a ver cómo la guillotina afeitaba gargantas al ras, y aplaudían, madres e hijos, con fruición al ver las testas rodar. ¿Alguien es tan ingenuo como para pensar que hemos cambiado tanto en apenas trescientos y pico años?
¿Nos espantamos porque queman vivo al enemigo? ¿Ustedes se creen que lo de la quema de brujas era simbólico? Pues siento decirles que no, que se amontonaba leña en una pira, que se ataba a la mujer, vivita y aterrorizada, a un poste en medio del montón y que se le prendía fuego. Todos iban a ver como ardía, no fuera a ser que sospecharan de ellos y eso los convirtiera en los siguientes. Si tenían suerte, y ella no era lo suficientemente fuerte para morderse la lengua o no se desmayaba antes con el humo, si tenían suerte, digo, además de un espectáculo visual, tenían uno auditivo y la mujer moría gritando su dolor, su miedo y su rabia.
Que no, señores, que lo que son ellos lo somos nosotros, que lo que hacen ellos, nosotros lo hicimos y lo podríamos volver a hacer, que el barniz de civilización no es más que un barniz. Que cuando a un ser humano se le ofrece la posibilidad de dañar a su enemigo, sin tener encima la espada de Damocles de la represalia, se lanza a la venganza como si no hubiera un mañana. Ejemplos tenemos muy cerca.
No se engañen pensando que los que ahora trufan las noticias con sangre y tortura son menos humanos que ustedes. Ellos tienen hijos y los aman, los acarician y ríen cuando los bebés tienden hacia ellos sus manitas regordetas. Aman a sus mujeres, (¿“A su manera”, dice usted? ¿Acaso hay otra forma de amar?), y las poseen bajo las mantas mientras les susurran palabras de deseo. Son hombres exactamente igual que usted. Y las madres que paren esos hijos son exactamente igual que yo. Sufren cuando los ven salir de casa y lloran cuando no regresan.
Eso es lo que asusta. Que somos iguales. Iguales en el odio. En la venganza. En el miedo. Que su fanatismo es el nuestro.
Asusta saber que podemos a llegar a hacer exactamente lo mismo que ellos están haciendo.