Mi razón, que no pretende tener el privilegio de la razón, me impide creer que el hombre fue creado por Dios. Me inclina, digamos mejor que me empuja, a Darwin y sus principios: el hombre es uno de los tantos productos de la evolución animal y una prueba viviente de que la selección natural lo ha llevado a sobrevivir en la lucha por la existencia.
Todas las religiones tienen una versión mágica de la presencia del hombre en la tierra. Son cuentos maravillosos. Los griegos me conmocionaron con su Caos (el Vacio Primordial) del cual emerge Geo (La Tierra), de pechos generosos, y luego Eros (el Amor) principio de la multiplicación. ¿Queréis más poesía? Y uno de mis libros mitológicos favoritos (después de la Biblia), el Popol Vuh, según la pluma traductora del curioso padre Ximénez, nos dice que cuando todo estaba en silencio, en el suspenso de la nada “le llega la palabra” a Tepeu, Gucumatz y los Progenitores, que estaban en el agua, “ocultos bajo plumas verdes y azules”, y se ponen de acuerdo para que antes del amanecer aparezca el hombre. Lo que me parece singular del Popol Vuh es que el redactor sin nombre, sin faz, sin familia, sin límites, sólo su feraz imaginación, llega en un momento a decir: “… entraron en el grupo de estrellas que se llama Motz, aunque esto tal vez será mentira”. Sincero reconocimiento de un fabulista que sabe el poder de su fábula. Noten ustedes la similitud de este libro con el Génesis de la Biblia “La tierra estaba confusa y vacía, pero el espíritu de Dios estaba incubando sobre la superficie de las aguas”.
Caray, me estoy alejando de lo que quiero mencionar en esta columna:
hace apenas unos días, se cumplieron ciento cincuenta años de la aparición de uno de los libros más impactantes en el mundo científico (y de paso del religioso) On the Origin of Species by means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life. El 24 de noviembre de 1859, salieron 1,250 ejemplares en la primera edición y se vendieron ese mismo día. Digno y merecido colofón para una obra monumental que fue terminada en trece meses y diez días.
Vuelvo al siglo XXI. Mi intrépida pero confundida razón todavía se siente atada a la lógica de que todo tiene un principio. ¿Qué diablos existía antes del Big Bang?