“Mariposa morena, dulce como la amapola y el agua” Neruda
Estábamos Carlitos Wilson, Tite Mena, Pin De León y yo, reunidos en la esquina de Calle Once. Gastábamos el sencillo del monedero de nuestros diecisiete años –edad de las metáforas invertidas–, en cuentos sin finales, en risas de Garrick, en sueños irrefrenables. Es increíble que, sin tener aún el vicio de la lectura, saliera tanto jugo de nuestras conversaciones. Quizá por eso me salió hablar de “metáforas invertidas”. Es que el juego de las palabras nos superaba. Las metáforas que usábamos no buscaban un significado imposible; nos desplazaban a nosotros a los mundos fantásticos donde los relámpagos son de azogue; las mujeres, guitarras; el aire es plasma para flotar; y nuestra juventud, moneda eterna para derrocharla.
Todo este tintineo para contarles que en aquella esquina vimos subir a una dama de negro, obviamente de luto, y sus pasos la llevaban a La Merced o a Santa Ana. Era una mujer bella y triste. Al acercarse, le abrimos paso en silencio, menos Pin que le soltó, casi en un murmullo: «¿Qué ángel se habrá muerto, que la virgen está de luto?» La dama siguió su camino, pero podría jurar que, también en un susurro, dijo: «Gracias». Celebramos el piropo –¿era un piropo?–. Como ven, yo lo encerré en mi disco duro hasta hoy, en que lo libero para ustedes.
Aquel Panamá, según recuerdo, era de piropos y serenatas. Las palabras y la ciudad eran limpias. Claro que no faltaba uno que otro... pero eran los menos. ¿Y me van a pedir que no añore mis viejos tiempos?
Hoy todavía suena por ahí uno que otro piropo, pero no salen de la cocina y los panties. Y qué equivocados están. El buen piropo te acerca más al abrazo de la mujer. Más ahora que no se estila. Si pudieran escucharme, daría este mensaje a mis biznietos: dale belleza al piropo que preparas, si no tienes uno tuyo, róbale a los poetas. Y no los digas solo a desconocidas, díselo a la que está a tu lado, ella siempre escuchará agradecida tus piropos. Tampoco olvides el poder de las flores, muchos perdones se consiguen con ellas.
Para los oídos amados fui plagiador, no lo niego: «Tiro mis redes en tus ojos oceánicos». «Besarte fue besar un avispero» «Abeja, zumbas en mi alma, delgada y silenciosa...» Y todavía saqueo a los poetas.