Agosto del año 2004, víspera de los Juegos Olímpicos de Atenas. Irving Saladino se preparaba para asistir a su primera cita con los dioses del Olimpo.
Días antes de su viaje a Grecia, una llamada anónima denunciaba el estado deplorable en que estaba entrenando aquel atleta, cuyos problemas a ninguna persona le interesaba.
"Acuña, esos tipos del Comité Olímpico de Panamá (COP) tienen al muchachito ese que va a saltar entrenando en pésimo estado", me informaba en aquel entonces José Pineda, editor de deportes.
Tomé el teléfono y contacté a una colega en Colón. Le dije que si podía ir al estadio Mariano Bula que había un atleta que estaba entrenando en forma irregular. Su respuesta fue la siguiente: "¿Y quién es ese muchacho, no puedo, tengo algo que ir a buscar a la Gobernación (de Colón)", me contestó.
Ciertamente, ni ella ni yo imaginábamos ni sospechábamos lo que haría aquel saltador después.
Dejé todo allí y no me quedó otra que contactar a otro colega, quien sí se aprestó a ayudarme y me puso al teléfono a Florencio Aguilar, entrenador de Saladino, quien se deshizo en denuncias: dijo que trabajaba con las uñas, y que poco era lo que hacían las autoridades por su pupilo.
La historia de Saladino nos deja una enseñanza: a nuestros atletas sean famosos o no tenemos que brindarle el apoyo en las buenas y en las malas.
El tiempo dio respuesta a la pregunta de aquella colega. ¿Y quién es ese muchacho? Es el campeón mundial y olímpico del salto de longitud, ganador de la Copa Mundo, de la Final Atlética Mundial y quién sabe de cuántos títulos más.