Mientras que en esferas "superiores" se debate sobre grandes negocios que giran entorno a la actividad hípica, se están ignorando aspectos directamente relacionados como los apostadores, lo cual eventualmente pudiera llevarnos a la condición de tener hípica sin hípicos.
Los apostadores, que en las circunstancias actuales tienen un papel más predominante que en el pasado, siguen sufriendo los desaciertos en el modo de programar las carreras y la extensa gama de apuestas que por estos días conforman el menú de jugadas que presentan los administradores del hipódromo.
Y, como el apostador común, - aquel que muchos llaman el "ciudadano de pie"- no depende directamente de la existencia de la hípica, puesto que para la mayoría es un entretenimiento, mas no un modo de vida, entonces asume inteligentemente la decisión de tomar otro camino.
Lo anterior parece que no ha sido percibido por quienes, desde diferentes trincheras, dicen estar luchando por propiciar las condiciones que permitan a los profesionales de la hípica manejarse en un ambiente en donde vean justamente remunerados sus esfuerzos y tengan una genuina posibilidad de hacer futuro.
En medio de todo esto, los hípicos - apostadores son cada día menos.
Se han hastiado de ver todas las semanas los mismos caballos; ya no aguantan que se abuse de su pasión por la hípica imponiéndoles carreras, nacionales y extranjeras, de mala calidad, como tampoco resisten que cada balboa que apuesten sean devaluado en un 40%, entre otras situaciones que, más que animarlos a seguir en el juego, los obliga a guardar distancia por un elemental sentido de conservación e inteligencia.
Inconscientemente, algunos de los sectores que justamente están luchando por mejores condiciones para mantenerse en la actividad, están ahuyentando a su mejor aliado en estos momentos que son los apostadores.
En ese camino, también transita la administración del Hipódromo, la cual hace muy poco para retener a los pocos adeptos que le quedan a este deporte. Con la saturación de reuniones hípicas y proliferación de apuestas, sin tener un eje fijo entorno al cual centrar la acciones de promoción y mercadeo, terminarán con muchas apuestas y pocos apostadores.
Después de la tormenta de hace dos días, cuando muchos funcionarios sintieron su barbas arder, consideramos que deben ser replanteadas algunas políticas, especialmente aquellas que afectan directamente a los apostadores. Si no lo hacen así, no hay que ser muy adelantado para saber que, aunque se construya un hipódromo dorado y en el mejor lugar del país, será como un pueblo fantasma porque la mayoría se habrá retirado a otras actividades en donde se les sacrifique menos y la recompensa sea, por lo menos espiritualmente, más provechosa.