Hay una anécdota según la cual un reconocido conferencista internacional, al tener una fuga de agua en su baño, contrata a un plomero, quien al evaluar el problema le cotiza la reparación en cien dólares.
El plomero realiza unos cuantos movimientos para aflojar y apretar un par de tubos, lo que no le lleva más de diez minutos.
Espantado, el cliente le discute: “¡como conferencista no cobro esa cantidad por minuto!”, a lo que el plomero, sin preocupación, contesta: “sí, por eso yo dejé de dar conferencias y me dediqué a la plomería”.
En efecto, lo que pudiera parecer un caso aislado, sucede en muchos países, incluso en los en desarrollo.
No solo son profesionistas con varias maestrías y doctorados lo que demanda el mercado laboral, sino también trabajadores calificados para realizar oficios como choferes de camiones, mecánicos y electricistas, carniceros, carpinteros, albañiles, plomeros y soldadores.
Estos oficios, que tradicionalmente eran aprendidos durante un período de tiempo en que los jóvenes se desempeñaban como aprendices, han perdido prestigio frente a los títulos profesionales y su expectativa de movilidad social con la que muchas universidades hacen su labor de ventas.