De reunión en reunión, los grandes países del G7 enfrentan una problemática cada vez más aguda: Cómo regular la economía mundial, asegurar su estabilidad, en ausencia de China, gran poder industrial y desenfrenado consumidor de materias primas, como por ejemplo el acero?
Sin estar presente en la reunión, China ocupa un lugar creciente en las discusiones entre los ministros de Finanzas y los gobernadores de los bancos centrales del G7. Y los miembros del grupo tradicional de países industrializados se preguntan por qué medios asociarse más a China e influir sobre sus decisiones.
La cuestión de las tasas de cotización de la moneda china, el yuan, anclada a un vínculo casi fijo al dólar norteamericano, ilustra la dificultad del desafío.
En Dubai, en el mes de setiembre, el G7 divulgó un comunicado que pedía una "mayor flexibilidad" de la paridad entre las monedas.
Bajo el impulso de Estados Unidos, se trataba de convencer a los chinos de revaluar su moneda, a fin de reducir la intensa competitividad de sus productos de exportación, y de repartir entre los europeos y asiáticos las desventajas de la baja del dólar, inevitable por el abismal déficit comercial norteamericano. El fracaso fue evidente: China hizo oídos sordos, y la declaración del G7 sembró el desorden en el mercado de cambios, que lo consideró una luz verde para vender dólares, acentuando la caída del billete verde.
"Reconocemos que China forma parte del crecimiento de la economía mundial", subrayó este fin de semana en Washington un funcionario norteamericano, en el inicio de la reunión de ministros de Finanzas del G7, (Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá).
China "es una voz y una presencia que debe ser tomada en cuenta, una voz y una presencia que debe ser entendida", subrayó, precisando que no había por ahora ningún calendario para integrar al gigante asiático a las reuniones del G7.