UNA DE las verdades más vergonzosas y conocidas sobre la vida en Estados Unidos es la brecha educacional que existe entre los hijos de las familias acomodadas y los hijos de los pobres.
No obstante, quizá sea un poco más sorprendente el papel que las vacaciones de verano desempeñan en exacerbar estas diferencias.
Si bien es probable que durante el verano a los hijos de familias acomodadas se les aliente a leer y a ejecutar actividades tanto divertidas como educativas, y que se beneficien con conversaciones instructivas mientras viajan en automóvil o cenan, las oportunidades de aprender para los pobres con frecuencia se cierran durante los meses del verano. Por más que las diferencias de familia, ingreso y vivienda tienen consecuencias durante el conjunto del año escolar, varios estudios han demostrado que sus efectos se acentúan todavía más durante el verano.
En un importe estudio sobre el asunto, la socióloga Barbara Heyns, profesora de la Universidad de Nueva York, examinó a una serie de alumnos de séptimo grado en Atlanta durante los años setenta y halló que mientras los estudiantes de familias de altos ingresos seguían aprendiendo durante el verano, sus compañeros de menores ingresos aprendían muy poco o incluso sufrían una regresión.
Un estudio más reciente, hecho por investigadores de la Universidad John Hopkins y centrado en estudiantes de primaria en Baltimore, halló que mientras los hijos de familias acomodadas avanzaban durante el verano, los de familias de bajos ingresos perdían pericia matemática y capacidad de comprensión de lectura.
Un amplio análisis mostró que debido a que los estudiantes de clase media mejoraron en la lectura durante el verano y la capacidad de lectura de los niños de familias pobres disminuyó, la brecha entre esos niños en cuanto a la lectura creció por tres meses durante el verano.
El profesor de economía Alan Krueger, catedrático de la Universidad de Princeton, al ver que menos niños de familias de escasos ingresos devoraban libros de 700 páginas sobre temas como un niño hechicero--por gusto, en vez de por encargo de la escuela--, bautizó el fenómeno Divisoria Harry Potter.
Afortunadamente, el franquear la Divisoria Harry Potter es uno de esos objetivos de política pública que se pueden conseguir usando el sentido común. En resumidas cuentas, si se proporciona un ambiente de aprendizaje organizado en el verano para los niños pobres, éstos dejan de rezagarse aún más.
Como un profesor de la Universidad de Duke, Harris Cooper, halló en una revisión de 93 estudios, los buenos programas de verano para jóvenes de familias de escasos ingresos tuvieron un "efecto considerablemente positivo en el conocimiento y las habilidades de los participantes", especialmente en el área de las matemáticas. En virtud de que los niños de clase media parecen tener un desempeño mucho mejor tan sólo con el apoyo de su familia durante el verano, las investigaciones académicas justifican que se implanten nuevos programas destinados casi exclusivamente a los niños de bajos ingresos. Esta estrategia evita los enormes costos y complicaciones de una escolaridad de todo el año para todos los niños.
Los economistas Alan Krueger y Molly Fifer señalan que los dos meses de aprendizaje que los estudiantes suelen perder les cuestan al sistema escolar unos 1,500 dólares al año, o 18, 000 dólares hasta el fin de la preparatoria o segunda enseñanza. De ser así, unos cuantos años de becas de verano que eviten esos rezagos educacionales, pueden costar apróximadamente $1,500 que podrían pagarse por sí solos con el paso del tiempo.
Brecha educacional en EE.UU.
Expertos sugieren que se ofrezcan oportunidades de aprendizaje a familias pobres en verano.