El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha definido Desarrollo Humano como un proceso que amplía las oportunidades del ser humano para mejorar su calidad de vida. Básicamente la educación, la libertad política, el medio ambiente, la equidad, la seguridad, la sostenibilidad, entre otros, son reconocidos como condiciones necesarias para gozar de una vida plena.
La competitividad por su parte se puede definir como la capacidad de una organización pública o privada, lucrativa o no, de mantener sistemáticamente ventajas comparativas que le permitan alcanzar, sostener y mejorar una determinada posición en el entorno socioeconómico. También se pude definir como el conjunto de políticas que adoptan los países a efectos de aumentar la productividad y eficiencia de sus factores de producción. En resumidas cuentas, son las acciones que permiten producir más con menos recursos. La competitividad por consecuencia es la base para la generación de riqueza.
Por otro lado, la generación de riqueza constituye un medio para ampliar esas oportunidades, sin embargo, no asegura en sí misma el Desarrollo Humano. Es decir, puede haber riqueza sin que necesariamente eso redunde en un mayor bienestar. Por ejemplo, habitantes de países con similar ingreso per cápita, presentan niveles de calidad de vida muy distintos. Dicho de otro modo, la competitividad es una condición necesaria pero no suficiente para mejorar la calidad de vida.
El PNUD ha creado el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que constituye un indicador que mide tres elementos esenciales, a saber: longevidad, conocimiento y niveles decentes de vida. La esperanza de vida al nacer mide el primero. Alfabetismo y tasa de matrícula combinada de la escuela primaria, secundaria y terciaria, el segundo, y el manejo de recursos para sostener una vida decente, el tercero.
Según el último informe del PNUD, nuestro país ha registrado avances sostenidos en su nivel de desarrollo humano, destacándose las mejoras significativas en los indicadores relativos a la salud, la educación y el crecimiento económico.
Sin embargo, existen diversos factores que pueden menoscabar el desarrollo humano. Por ejemplo, la violencia y la delincuencia en la mayoría de los paises latinoamericanos han aumentado, inclusive en nuestro país donde la tasa de violaciones aparece apenas un punto por debajo del límite de lo que se considera alto.
En el 2005, por primera vez Panamá se situó entre los 57 países con más alto desarrollo humano. El Informe explica que, a pesar de contar con ese nivel, existen grandes desigualdades entre las provincias, principalmente en cuanto al acceso de la población a la salud, la educación y los ingresos.
Mientras que la población concentrada en las áreas urbanas goza en general de un desarrollo humano medio-alto, gran parte de la población rural e indígena subsiste en condiciones precarias.
Quizá sea esta imbricada relación entre Desarrollo Humano y Competitividad que ha dado pie a un concepto conocido como “Competitividad Humana”. El mismo integra la habilidad de una sociedad de impulsar de forma sostenida (y simultanea, agregaríamos) el bienestar de sus empresas, instituciones e individuos para generar bienes y servicios que satisfacen a los mercados y los consumidores, mientras promueve la prosperidad y desarrollo humano sostenible de la comunidad y sus individuos.
De paso, este enfoque tira por la borda la bizantina diatriba del Estado versus mercado, o individuo versus empresas, e integra una poderosa visión que algunos mandatarios europeos han definido como “Competitividad con Inclusión Social”.
Estos conceptos sirven como marco para una integral estrategia en Panamá, país que ha logrado avances económicos y humanos. No obstante, resulta claro que puede mejorar en ambos aspectos y, quizá mas importante, debe hacerlo garatizando una simbiosis entre ambos conceptos. Ese es el mayor reto, en un mundo donde había prevalecido erróneamente la concepción de que era suficiente que la economía creciera para generar el bienestar de los ciudadanos.