Una de las quejas que se ha convertido en angustioso lamento, es la falta de empleos. Existe un ejército de desocupados anhelando una plaza de trabajo para satisfacer sus necesidades inmediatas.
Es cierto que hay un fervoroso deseo de trabajar, pero ¿Cuántas personas está capacitadas para hacer algo a la perfección y cumplir con sus obligaciones?
Recuerdo que el mexicano Antonio Ortíz Mena, cuando era presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), me comentó en Washington D.C. que en Panamá no debíamos tener problemas de desempleo, porque los periódicos estaban repletos de anuncios implorando personas para labores elementales. Pero en esta nación donde la prosperidad debe inundarnos, encontramos gente con ansias de trabajar, pero también hay mentirosos que disimulando ser técnicos o profesionales aparentan una cosa, pero su rendimiento es pésimo o fatal. Para ganar una oportunidad, el diploma con orlas preciosas, el título académico y los créditos pomposos son indispensables porque constituyen la fe de vida intelectual que indica que el portador es capaz de realizar la labor que se le encomendará.
Un diploma de colegio o universidad prestigiosa tampoco constituye una garantía que el graduado de esos claustro sea lo mejor en el mercado laboral. Su actitud y comportamiento ante los retos que le ofrece el trabajo será el ampliar que sostendrá sus éxitos. El país está sobresaturado de empresas que tambalean por empleados ineficientes que constituye un obstáculo. Mortifican con reclamos laborales, llegan tarde, trabajan a desgano, malogran una posible venta y son expertos en certificados médicos que los libra de una posible sanción. El trabajo a desgano es un parásito invisible que infesta la voluntad de algunos trabajadores. Afecta desde ejecutivos hasta obreros, cuya misión no cumplen mientras no son supervisados.
Esta es la triste realidad. Un puñado de trabajadores lucha por destacarse e intentan quedar bien, mientras una multitud descuida sus obligaciones. Son aquellos que llegan tarde, tienen la incurable pereza y cuando terminan sus labores salen en estampida.
Mientras no exista voluntad en hacer las cosas, será difícil extirpar la vagancia que acorrala a ciertas empresas empujándolas hacia el fracaso económico.
(*) El autor es periodista.