Economía

Deforestación amenaza tierras en Panamá

Se conceden estímulos económicos a quienes se dedican a la ganadería y el pastoreo, por lo que las tierras destinadas a estos propósitos se han visto incrementadas


Los eslabones de la cadena de la vida en la tierra no comienzan con los seres humanos.

Hemos sido los últimos en aparecer sobre la faz del planeta. Las bacterias y los protozoos vivieron primero en la placidez de sus hervorosos caldos de cultivo, bajo la eterna canícula y entre vapores sulfurosos.

Millones de años debieron transcurrir antes de que el ser humano posara su planta sobre la tierra y comenzará su labor transformadora, eminentemente destructiva.

 

Hemos sido los últimos en llegar, pero podríamos ser los primeros en abandonar este mundo, derrotados por la insensatez y el ego.

En nombre del progreso hemos traído destrucción y estimulado los desastres. Gea, la madre tierra agoniza, mientras en los foros y tribunas se levantan voces en su defensa y los gobiernos hacen caso omiso de las proclamas de los activistas.

En los tiempos antediluvianos, las bacterias hicieron su labor de desintoxicación del planeta que permitió la aparición de la vida.

 

Las plantas, por su parte, tomaron bióxido de carbono del ambiente y exhalaron oxígeno lo que permitió el surgimiento de especies más complejas, entre ellas el mayor depredador de esta salvaje historia cósmica, el ser humano.

Desde ese momento, no hemos dejado de modificar el entorno y al paso que vamos pronto habremos derretido la totalidad de los casquetes polares, aumentado el nivel del mar y acrecentado, a niveles muy peligrosos, los agujeros en la capa de ozono por lo la acción de los rayos ultravioletas se ha de convertir en una creciente amenaza en los próximos años.

Los pronósticos apocalípticos no provienen de los augures ni de los nigromantes, sino de los científicos que nos alertan sobre nuestra conducta criminal que amenaza con destruir la tierra.

 

En Panamá no hemos tomado en serio esta inminencia.

La deforestación de los bosques y la destrucción de manglares se convierten en noticia, siempre y cuando haya llegado de la mano de alguien cercano a las autoridades.

Esto es apenas la parte visible del iceberg que flota sobre las aguas de nuestra desidia.

 

Pero la ruina de nuestro ecosistema no solo proviene de quienes comercian con su devastación, sino también de la población en general, absolutamente inconsciente de su conducta impropia, que con su desorden y apatía contaminan el entorno con desperdicios de todo tipo.

La situación es tan grave que las Naciones Unidas ya hablan de un desarrollo económico para defender el medio ambiente, como principal motivación, al margen de otras metas cuyo interés sea el aumento de los capitales.

Es imprescindible, no solo crear motivación entre los ciudadanos, sino también diseñar un programa destinado a la niñez para que estos comportamientos sean eliminados de su formación cívica.

Los gobiernos deben fomentar la defensa de los variados ecosistemas y legislar para que se penalice a quien atente en su contra, pero esto debe ser pronto porque el tiempo se acaba y los recursos naturales escasean debido a la contaminación.

Los panameños hemos sido bendecidos con una privilegiada posición geográfica, donde confluyen dos océanos y se dan microclimas de tierras altas y planicies.

Poseemos regiones fértiles y caudalosos ríos que las bañan, una rica fauna con ejemplares endémicos de aves y mamíferos que corren peligro de desaparecer por la tala indiscriminada de selvas y bosques.

Tal vez no nos hemos dado cuenta de que podemos reconstruir el Paraíso, pero nuestra ceguera, soberbia, orgullo y prepotencia terminarán por privarnos de tan inefable dicha.

Nuestro país ha sido conducido con incoherencia en este sentido. Las leyes han permitido y permiten la deforestación para el desarrollo de actividades relacionadas con la producción agrícola. Los agricultores obtienen títulos de propiedad y con este reconocimiento destruyen flora, fauna y suelos.

También se conceden estímulos económicos a quienes se dedican a la ganadería y el pastoreo, por lo que las tierras destinadas a estos propósitos se han visto incrementadas en las últimas décadas, sobre la base de la deforestación del terreno.

Así mismo, existen otros biosistemas que han sido utilizados con propósitos comerciales, como son los manglares. En ellos se lleva a cabo el cultivo de camarones lo que permite en ocasiones la erosión de las riberas, según revela un reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO).

Cifras proporcionadas por la Contraloría General de la República señalan que Panamá tiene una extensión de 7.7 millones de hectáreas y de ese total, el 30 por ciento es utilizado en actividades agropecuarias. Se calcula que la deforestación en Panamá alcanza las 70 mil hectáreas al año.

De no contener esta vorágine de destrucción, el país verá desaparecer el último árbol de sus bosques en pocos decenios.

No debe dejarse al margen el hecho de que el Canal de Panamá depende en gran medida de la cuenca hidrográfica que le circunda, pero cuyos tributarios inician su recorrido en zonas donde el hacha y los tractores han arrasado con cientos de hectáreas.

Nuestros recursos hídricos poseen un inconmensurable valor para la vía interoceánica, pero ya apuntamos la mirilla de nuestra desidia hacia la espesura y la hemos transformado en despobladas planicies.

Las primeras décadas de este siglo de la tecnología, las comunicaciones y la globalización deben ser enteramente dedicados a la preservación de nuestros recursos naturales, de lo contrario nos aguarda el mismo destino de las zonas desértica.


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333116
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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