Las repercusiones de jornadas de trabajo demasiado largas se conocen desde hace más de 100 años. Los sociólogos se percataron de que la productividad retrocede cuando se trabaja más de ocho horas al día.
Dividieron el tiempo así: ocho horas de trabajo, ocho horas de recreación, ocho horas de descanso.

Desde hace un tiempo se cuestiona si es posible o factible que el trabajo eficiente salga en ocho horas. Mucha gente dice que no, que no es posible, sin embargo, hay quienes sostienen que sí puede salir el trabajo en 8 horas.
Cuando el trabajo no se termina en 8 horas es porque hay un incompetente: el supervisor o el trabajador. O el jefe le delega su trabajo al colaborador o el trabajador no sabe efectuar el suyo.

Algunas veces hace falta personal en la empresa y el trabajo que le han asignado a un colaborador sobrepasa el tiempo que debe dedicarle para ejecutarlo.
En algunos países aquel que trabaja de forma regular fuera de su jornada laboral es considerado como un trabajador incompetente.
Hay quienes sostienen que la productividad se logra cuando los jefes no son improvisados, tienen la capacidad de guiar a su personal y de sacar lo mejor de sí.
Como el trabajo está diseñado para realizarse en el horario establecido, para lograrlo hay que ser puntuales, organizados, saber planear y comprometerse.
Hay que saber distinguir lo importante de lo urgente.
Los horarios o la flexibilidad de los mismos favorecen el desarrollo del equilibrio personal, espiritual y académico.
Pero para ser eficientes hay que disponer de las herramientas, medios físicos y tecnológicos que permiten desempeñarse adecuadamente. Hay que incorporar flexibilidad en los horarios de trabajo dando más valor al cumplimiento de objetivos que al horario laboral, así como incorporar procedimientos que permitan eliminar el trabajo repetitivo