No mucho tiempo atrás, un profesor de Macroeconomía en clases nos proponía un principio (o quizás una de aquellas reglas "no escritos") de un científico ruso o alemán (me traiciona aquí la memoria) que rezaba de la siguiente manera: "Para que a algunos les vaya bien, a otros les tiene que ir mal".
Viendo la popularidad e importancia que ha cobrado hoy la "eminente y necesaria" Globalización, puesto que en todos lados es prácticamente de lo único que se habla, hasta por quienes no tienen la más mínima idea sobre el tema, ni mucho menos la idoneidad; ¡Ah, pero es que suena tan sofisticado hablar de la Globalización! Y es así como ese simple principio se escapa de mi memoria para confrontar la compleja maquinaria teórica e ideológica de la Globalización.
Pasando ese principio a términos económicos (obviamente muy básicos por lo limitado de espacio), para que un país logre un superávit en su comercio exterior, otro país tiene que asumir un déficit (Ceteris Paribus haciendo el supuesto de que sólo hubiesen dos países).
Esto no resulta difícil de comprender, pues superávit aquí resulta de exportar más de lo que se importa y lógicamente, déficit resulta de lo contrario. Al contrastar este escenario hipotético con la realidad, nos damos cuenta que no es muy diferente de lo que realmente ocurre.
En el estado actual de las cosas, podemos situar a los países del orbe en dos grupos principales: los desarrollados (formaciones de centro) y los subdesarrollados (formaciones periféricas).
Como bloque los primeros resultan ser países superavitarios en su comercio exterior. Como consecuencia de esto, los subdesarrollados resultamos ser deficitarios (con muy escasas excepciones), las cuales tampoco resultan relevantes. Siguiendo esta lógica, la pregunta sería ¿cómo actuará la Globalización en nuestro comercio exterior (y por consiguiente nuestra situación económica) dada esta relación entre estos bloques de países?
Para que nuestro bloque pase a ser uno de países superavitarios, es lógico que el bloque que hoy es superavitario tendría que aceptar tener déficit en sus respectivos comercios exteriores, (algún economista podría identificar aquí otras formas de lograr el traspaso, pero en la práctica resultarían casos muy especiales), pues no es posible que todos los países logren tener superávit al mismo tiempo, como tampoco en la misma manera déficit. Y mucho menos, en un esquema de libre comercio internacional sin ningún tipo de restricciones.
La pregunta se transforma ahora a la siguiente: ¿Están los países superavitarios dispuestos a aceptar un déficit en su comercio exterior? No. Tajante y rotundamente no.
Nace aquí otra buena interrogante: ¿A quién beneficiará realmente la Globalización? Y digo realmente, pues no sería correcto negar que en nuestros países habrá algún beneficio (o quizás sería mejor decir que algunos grupos lograrán ciertos beneficios); pero si tomamos en cuenta que nuestros países deficitarios están derrumbando apresuradamente y al máximo sus barreras arancelarias y restricciones, abriendo al máximo sus mercados, mientras los países superavitarios continúan con prácticas proteccionistas tan disfrazadas como efectivas; con sectores agrícolas ampliamente subsidiarios; no considero, amable lector, que la respuesta sea difícil de encontrar.
Introduzcamos ahora otro actor importante en esta realidad económica: El endeudamiento externo. Tomando en cuenta que la lógica forma de pagar lo que debemos es procurándonos cada vez mayores recursos que nos permitan excedentes con los cuales podamos cumplir estos compromisos y que la manera más fácil y generalizada es lograr aumentar nuestras exportaciones para lograr superávit en nuestro comercio exterior, no creo que para usted amable lector que me sigue, se le haya hecho difícil llegar hasta donde vamos.
La implementación apresurada y a la ligera de la política de Globalización, que como ya hemos visto apunta a ahondar nuestros déficits, pues nos hará depender de las formaciones de centro (a los cuales compraremos más), es muy probable que nos lleve a problemas con el cumplimiento de la deuda. Y lo preocupante es que como nuestros gobiernos están excesivamente anuentes y prestos a cumplir con estos compromisos, usted amable lector, podrá si reflexiona un poco, imaginarse lo preocupante de nuestro futuro económico y social.
Obviamente, el mundo cambia y en esta mal llamada "era de la información" los líderes imponen las tendencias y claro está, sería tonto y casi imposible mantenerse al margen, pues el sistema tiende a envolvernos; pero esto no implica que no podamos analizar más profundamente las cosas y tratar de buscar formas más adecuadas de insertarnos al sistema y no dejar que nos empujen a él. Protejamos los intereses y el bienestar de la Nación.
Globalización... Probablemente sí, pero con prudencia.