- Tom Rodríguez
- Analista-Centro Nacional de Competitividad
Dentro de cualquier estrategia de desarrollo hay segmentos etarios cuyo mejoramiento reviste una importancia primordial (incluyendo los infantes, escolares o adultos mayores por citar ejemplos). Sin embargo, son las políticas para el segmento joven de la población (cuya edad está entre los 15 a 24 años) las que por excelencia revisten un alto impacto multiplicador a corto, mediano y largo plazo.
Según el censo del 2010, los jóvenes representaban el 17% de la población total de Panamá lo que equivale a decir 578 mil personas, cifra que revela que conforman una parte poblacional importante.
Por otro lado, de acuerdo con la Encuesta de Hogares de marzo del 2012, este segmento padecía de un desempleo de 11%, tasa claramente superior a la nacional de 4.6%. Desde una perspectiva de género, la situación se agrava, ya que las mujeres jóvenes representan casi un 16% del desempleo (cuadruplicando la tasa nacional).
Igual que en el caso de la deserción escolar, como veremos abajo, el desempleo constituye desafortunadamente una condición que aumenta la probabilidad de que los jóvenes delincan. De allí que lograr empleo para este segmento etario conlleve un doble beneficio.
Mantener a los jóvenes en la escuela ahorra a la sociedad el costo de combatir la delincuencia y los prepara para que a mediano y largo plazo puedan incorporarse a la economía en forma productiva, generando ingresos para ellos y sus familias, contribuyendo al desarrollo del país.
Precisamente, una de las grandes barreras para contratar jóvenes es la falta de experiencia. Por ende, se necesita romper el círculo vicioso en el que las nuevas generaciones no consiguen empleo por falta de experiencia, y no adquieren experiencia por la falta de empleo.
Para ello se requiere redoblar esfuerzos para mejorar la calidad de los programas educativos y de capacitación. Se podrían crear incentivos o exoneraciones tributarias que motiven a las empresas a contratar jóvenes, flexibilizando normas laborales y reduciendo las restricciones para que estos logren coronar más fácilmente su primer empleo.
Otro mecanismo consistiría en desarrollar programas de pasantía para que adquieran experiencia previa a su ingreso al mercado laboral, lo que a su vez les permitiría devengar, cuando menos, un nivel mínimo de ingresos, lo cual ayudaría a atenuar a corto plazo la pobreza.
Desde un punto de vista empresarial, podrían desarrollarse programas para estimular entre los jóvenes adultos la generación de pequeñas empresas a través de cursos que podrían impartirse dentro del propio sistema formal de educación o fuera del mismo. Igualmente, convendría reforzar programas de financiamiento preferencial para los proyectos de jóvenes emprendedores.